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sábado, 28 de noviembre de 2020

AROMA DE TUS PENSAMIENTOS

 

Luis Quiroga

Quito – 2020 


 

Veo tu voz

 

Piden que organice mis recuerdos. ¿Para qué? Desordenados se encuentran bien. No sé si fue hace poco o pasaron muchos años. Las imágenes se distorsionan. Estoy allí sentado en la cama. Dormitas. Olvidé quién eras. Me viene a la mente el color pálido de tu rostro. Me pregunto si estás enferma.

Tu boca se mueve, pero no escucho lo que dices. Levanto las manos y siento tus palabras. Puedo tocarlas y mirar cómo se deslizan entre los dedos. Una de ellas me resulta demasiado áspera y la rechazo. Otra algodonosa me pide que la acaricie. Tu voz asciende por mis brazos, lame mi cuello y se entretiene en mis párpados.

Veo tu voz. Es una mariposa aleteando por la habitación. Quiero atraparla y se aleja. Desisto y ella desciende mansamente hasta mis manos. Ahora son cálidas. ¿Está humedad significará que lloran tus palabras? ¿Qué tratas de decirme? Con las yemas de los dedos recorro su figura. Quiero reconocer cuáles son y de qué hablan.

Tu voz cansada se recuesta en mi pecho y dormita. Mi respiración sigue el ritmo de tus metáforas. Pasan las horas y comienza a pesarme. Me aplasta contra el piso, me tritura los huesos. Cierro de golpe tu boca. Mi cuerpo se libera. El sudor chorrea por tu frente. ¿Será la fiebre? ¿Será el deseo?

 

Aroma de tus pensamientos

 

Hoy tus pensamientos huelen a menta, en ellos encuentro una frescura desconocida. El aire entero se llena de tus divagaciones, aunque ignoro en qué piensas. Gordos conceptos penetran en mi nariz y puedo olerlos. El viento levanta las hojas y las deposita suavemente en el patio. El riachuelo juega a ser espuma y las golondrinas ensayan su viaje a tierras distantes.

Cierro los ojos, tapo mis oídos, cubro mis dedos, estoy aquí entregado a tus aromas. La fragancia leñosa de tus meditaciones me envuelve y me dejo ir con ella mientras asciende con el aire cálido. ¿Qué dices de mí? ¿Qué digo de ti? ¿Qué respondo? ¿Cuáles son tus réplicas? Aspiro profundamente el olor de tus preguntas y me sumerjo en la esencia de tus sinrazones.

Percibo un aroma acre. ¿Te habrás enojado? ¿Dije algo que no debía? ¡Ah, qué bien! El perfume dulzón me dice que solo es un malentendido. Espera, ¿qué sucede? Penetra por la ventana un vaho a despedida y la esencia de tu ser me deja.

Mi soledad se convierte en un efluvio del que manan argumentos que no te detendrán. Tu presencia se disuelve en partículas sutilísimas que desaparecen antes de que pueda saber hacia dónde te llevan.

Hoy tus pensamientos huelen a lejanía.  

 

Una procesión de patos

 

Desfilan delante de mí una bandada de patos, llegan hasta el fondo del patio y regresan. Se meten en el estanque, salpican el agua y se acicalan las plumas. Marchan la tarde entera como si no tuvieran otra cosa que hacer. Intento espantarlos y ellos simplemente me ignoran.

En la próxima ronda los patos llevan en sus picos amarillos unas flautas negras. Uno de ellos funge de director levantando rítmicamente sus patas palmípedas. Preguntan si prefiero una canción en especial. Se suma otro grupo que canta con sus graznidos acompañando a las flautas. Golpeo las manos para espantarlos.

Regresan insistentes ahora elevando su parpar al cielo, exigiendo venganza contra mí. ¿Por qué no el Concierto para flauta dulce de Bach? Esa no les gusta. Prefieren música menos formal. ¿Carlos Kawash? ¡Odian el jazz! Lo siento mucho por ustedes.

Organizan una procesión. El primer pato lleva un sombrero tricorne. Detrás una fila vestida con casullas blancas. Luego la masa aturdida que grazna-llora echándose tierra. Me doy perfecta cuenta de que estas suplicantes son plañideras contratadas que realmente no sienten dolor.

Y en un momento dado se convierten en manchas de colores que bailotean suspendidas, se elevan y desaparecen entre las nubes. Ha comenzado la migración de los patos salvajes. Yo me quedo aquí sin poder seguirlos con la plena conciencia de que en el cielo sus graznidos-risas serán por mí.

 

 

Palabras que no pertenecen a un lenguaje conocido

 

Contemplo la habitación vacía. Hace un instante tu cuerpo sudoroso yacía en la cama. No sé cuándo te has marchado ni a dónde. Quedan en mi mente tus palabras que no dejan de repetirse dentro de mí. Obsesivas se deshacen y se rehacen sin que pueda alejarlas. Presiono las sienes con fuerza para que se desaparezcan. Dejo que el agua tibia chorree por mi cuerpo y ellas se niegan a partir.

Reviso los diccionarios, hurgo en los glosarios, pregunto a las enciclopedias y obtengo la misma respuesta: son palabra que no pertenecen a un lenguaje conocido. ¿Cómo quieres que entienda lo que dices? Quizás no dices. Ruidos carentes de significado que escapan de tu boca. Talvez de esa manera se dice de la vida áspera.

Fragtzcoorrrlllllll: de la persistencia de los sueños malignos en la noche.

Plurbfreweaq: del insomnio perpetuo.

Mcviurtgaaaf: de la imperiosa necesidad de olvidar lo antes posible.

Otras palabras simplemente no las comprendo. Me limito a pronunciarlas, a veces a cantarlas como canciones desesperanzadas. Y cuando no puedo las echo al fuego. Adivino en los fragmentos de frase que se dibujan e las cenizas que hablas en un lenguaje que nadie puede descifrar y que jamás será posible que nos comprendamos.

 

La multitud que invade tu habitación

 

Nuevamente estoy sentado en la cama. La figura que allí yacía se ha ido. Entran en tropel ocupando el espacio entero. No se miran, no se hablan. Ni siquiera el ruido de su respiración se escucha. Únicamente el chirriar de unos cuerpos contra otros. Algunos se sienten sofocados. Otros agonizan.

Afuera restos de la multitud pugna por ingresar. Una masa apelotonada y unas manos que imploran a lo alto. Sin saber por qué salen ordenadamente dejando el lugar vacío. Se llevaron todas las cosas. De pie en medio del cuarto desolado trato de encontrar una salida. ¿Quién vivió aquí? ¿Qué sueños escaparon de los espíritus confundidos?

Una mujer rezagada pregunta a dónde se fueron. Yo no lo sé. Me invita a irme con ellos. Otras habitaciones esperan su invasión. Ellos son los encargados de borrar las huellas, de eliminar los recuerdos, de cortar en pedazos las voces vibrantes que aún están en el aire y echarlas a la basura.

¿Seré aquella persona que en vez de irse con la multitud prefirió no hacerlo? Mi cuerpo huele a turba, a manada, a enjambre de avispas rencorosas.

 

El color que vino de lejos.

 

Suena el timbre. El cartero me extiende el sobre y una hoja en la que tengo que firmar. Hace una mueca que simula una sonrisa y se aleja. Lo reviso de lado y lado queriendo descubrir de qué se trata y quién es el remitente. Ninguna señal. Lo dejo en la mesa de cristal y sigo con mis tareas. Me inquieta, me impide concentrarme.

Me veo obligado a cortar el sobre y mirar qué tiene dentro. Parece vacío. Lo sacudo a ver si cae algo. ¿Qué es esta broma? Estoy a punto de arrugarlo y lanzarlo a la papelera; pero en ese momento un color turquesa asoma su cuerpo desde el fondo. Termina por salir y se despliega. No tiene una forma definida, sino que se adapta a las superficies que toca.

Se coloca en las gradas por las que subo, se pega a la pared de fondo, se convierte en el color del cielo raso que miro cuando me recuesto. No importa la hora que sea el horizonte ahora es turquesa. La pantalla del televisor se vuelve azul verdoso. Mis manos toman la misma tonalidad. Incluso siento que dentro de mí hay un anhelo turquesa.

Este color vino de lejos. Se nota en el cansancio y en la dificultad de mantenerse pegado a la pared. Le invito a sentarse junto a mí en el sofá. Le pido que me cuente quién le envío, cuál es el mensaje que me trae. Y él no conoce quién le puso en ese sobre ni cuál fue el remitente. Intuye que los colores de mi existencia se han vuelto opacos.

Tomo una carpeta con un hermoso diseño japonés, la abro y coloco suavemente el color turquesa en su interior. Así puede descansar mientras el gris regresa a mi vida.

 

Ensayo analítico sobre las facultades del alma.

 

Me he propuesto escribir sobre las facultades del alma. Debería empezar por la imaginación. Colocaré antes los modos de conocer. Haré el listado de categorías que me servirán para describirlas. ¿De qué es capaz mi alma? Es una red que tiene atrapado a mi cuerpo. ¿Hay alguna facultad que me permita liberarlo?

¿Será la concupiscencia una de ellas? Me identifico completamente con su definición, sería imposible que no la tuviéramos todos dentro de nosotros: Apetito desordenado de placeres deshonestos.

¿Y esto de percibir cómo el tiempo pasa sin que podamos detenerlo también es una facultad del alma? ¿Habrá alguna que sirva para engañarlo y que nos parezca que el mundo fluye lentamente como un río tranquilo atravesando la pradera?

Empezaré mi Ensayo Analítico señalando que se me traba la lengua y tartamudeo cuando la miro recostada sobre el camastro, semiconsciente, perdida y no se ve viene a la mente quién puede ser. Tampoco recuerdo quién soy ni que hago allí.

Continuaré argumentando que cierro los ojos y ella desaparece. Abro los ojos y me encuentro en el centro de una habitación gigantesca y desnuda tapizada de espejos en los que me repito interminablemente.

Entra un rayo de luz, los espejos enloquecen y se trizan. Camino por los vidrios rotos con los pies desnudos. Las gotas de sangre dibujan puntos de colores que se agrupan y se convierten en pájaros tornasolados. Los veo elevarse y perderse en el cielo.

Concluiré mi Ensayo analítico sobre las facultades del alma diciendo que a medida que avanza la vida las fui perdiendo. Me queda nada más una. La capacidad de decir mi dolor.

 

Me crecen brazos.

 

Como Shakti me crecen muchos pares de brazos. Organizo con ellos una danza rítmica. Empieza entre ellos una batalla que detengo antes de que se salga de control. El par superior me peina. El siguiente limpia el sudor de mi frente y tapa mi boca cuando estoy a punto de decir cosas equivocadas.

Los brazos que están a la altura del tórax me abrazan hasta sofocarme. Los siguientes acarician mi vientre fláccido. Me dispongo a beber: uno sostiene la taza de café, otro lleva la azucarera, el siguiente una cuchara, otro me acerca la bebida a la boca y el último seca el bigote.

Abro el libro y los demás brazos se dedican a jugar a Piedra, papel y tijera entre ellos. Les llamo al orden porque me distraen. Entrecruzan los dedos, remedan al Pensador, lanzan aviones de papeles que dibujan espirales descendentes. Aburridos me quitan el libro y señalan la puerta. En la huerta, dichosos arrancan las hojas del naranjo. Uno de ellos acerca un azahar a mi nariz.

Se han reunido mientras dormía y ahora tienen una petición que hacerme. Nadie quiere ser el primero en hablar. Me piden que aleje a los brazos principales, que les ponga detrás, así no podrán escuchar.

Quieren que me corte aquellos brazos con los que nací. Los consideran innecesarios, demasiado serviles, entorpecen su libre accionar y, sobre todo, odian recibir órdenes y reprimendas a cada instante. Están cansados de su tiranía. ¡Hay que cortarlos ahora mismo!

Logramos una tregua frágil. Espero que la guerra no estalle.

A la mañana siguiente los brazos han desaparecido. Los auténticos resentidos se niegan a obedecerme.

Pienso en lo que haría con todos ellos en tu presencia.

 

El ronroneo de las cosas.

 

Entro y me sorprende el bullicio. Al principio no distingo qué sonido es. Un ronroneo se esparce por la casa. Me inclino y busco debajo de la mesa, de las sillas, del sofá. ¿Cómo puede oírse estos ronquidos de felicidad si no hay gatos? Salgo y busco en el tejado. No hay rastro de felinos.

El ruido se torna más fuerte. Maullidos de furia me dicen que hay una pelea. ¿Serán fantasmas? Jamás he creído en ellos. Tiene que haber una explicación. Acerco mi oído al lugar del que provienen el ronroneo.

¿Será posible? No tengo otra alternativa que admitirlo. Son las cosas que se han puesto a ronronear.

El florero se siente una gata gorda.

El Libro Rojo de Jung se ha convertido en un gato siamés.

El sofá ahora es un gato azul ruso.

Y la lámpara es una burmilla. ¿Qué decir de banco que se ha vuelto un angora?

¿Cómo haré para alimentar a tantos?

Bajan el tono, se apaciguan y logro conciliar el sueño.

 

Alguien me llama.

 

Alguien me llama. No es una voz externa. Desde dentro alguien dice mi nombre. Se pone a gritar y trato de calmarla. ¿Quién eres? Ella sigue gesticulando y exigiéndome que responda. Le pido que baje la voz, podrían oírla. ¿Qué explicación daría yo? Pensarían que estoy enloqueciendo.

No me hace caso y levanta la voz más aún. Sus chillidos son tan atroces que no tengo otra alternativa que responderle. ¿Qué quieres de mí? Y ella: Quiero salir de aquí, no sé quién me encerró en este sitio tan oscuro. Enciendo la luz. ¿Está mejor así? Se tranquiliza brevemente.

Busca un lugar por donde escapar.

Se coloca en mi retina, lista para saltar apenas encuentre un paisaje tranquilo.

Espera en mi garganta a que las palabras justas se digan.

Siento un cosquilleo en mis oídos y es ella que espera que alguien también le llame y le indique el camino.

Me temo que si ella no encuentra cómo marcharse se quedará a vivir dentro de mí y se pondrá a gritar mi nombre sin que nadie logre calmarla. No tengo otra alternativa que tomar la navaja, abrir una zanja en mi piel y dejarla que se vaya.

 

 

 

lunes, 23 de noviembre de 2020

Comentario de texto De Trinitate de San Agustín

 

:

Nicolás Rojas Cajamarca

Citamos los numerales de la edición de la BAC: De trinitate, incluido en: Fernández, Clemente, Los filósofos medievales. Selección de textos I, BAC, Madrid, 1979, pp. 399-444.

En la lectura que haremos a continuación de fragmentos del “Tratado sobre la Santísima Trinidad” de San Agustín; sin desviarnos, en primera instancia, de su pensamiento buscamos dilucidar su significado, pero a continuación, aunque sea una tarea difícil, trataremos de realizar una lectura secular que busca entender cómo se puede traducir este pensamiento agustiniano en la época contemporánea. Para que esta ardua tarea nos sea posible hemos decidido enfocarnos en tres aspectos que nos parecen cruciales en el texto de la Trinidad, la insuficiencia del lenguaje humano, la triada mente, noticia y amor, y la certeza cuando pronunciamos “Se que vivo” como fundamento de lo que es harto conocido luego con Descartes “la duda metódica”.

1.              El primer momento que trataremos es la insuficiencia del lenguaje humano, San Agustín al tratar de dilucidar la naturaleza perfectísima de la trinidad comienza a debatirse sobre si es posible con palabras (humanas) expresar la esencia de Dios. Hay que notar que en San Agustín esencia y sustancia son lo mismo tal como observamos en 643 “Mas como en nuestra habla corriente se toma en el mismo sentido la palabra esencia y la de sustancia” por lo tanto, Dios es sustancia o esencia de igual manera en este contexto. A continuación, en 643, dice Dios es “una esencia o sustancia y tres personas”. Manteniendo la idea de que Padre, Hijo y Espíritu Santo son una misma sustancia, pero aquí encontramos una enorme dificultad porque cómo es posible que una misma sustancia sea tres personas a la vez, en este debate agustiniano no profundizaremos porque no es menester de este ensayo, en cambio, sí mencionaremos que al tratar de resolver esta cuestión hará hallazgos importantes en cuanto a la filosofía del lenguaje.

En 643 menciona “al tratar de estas cuestiones, los cuales no encontraron en su léxico palabras más apropiadas para expresar lo que ellos sin palabras entendían.” Con lo cual comprendemos que el lenguaje en sí es insuficiente para expresar estas sustancias que además se entienden, pero tal entendimiento está dado por la iluminación divina y no por nuestra propia capacidad de abordar tales cuestiones. Tal como se muestra en el último párrafo “Sin embargo, cuando se nos pregunta qué son estos tres [Padre, Hijo y Espíritu Santo], tenemos que reconocer la indigencia extremada de nuestro lenguaje.” Reafirma la posición de que nuestro lenguaje no puede dar cuenta de la divinidad, es demasiado pobre, no alcanza para expresarla, aquí se presenta la separación entre filosofía y teología, porque si la razón y el lenguaje no son suficientes para dar cuenta del Ser divino entonces el único camino que nos queda es la fe.

Para nuestra indagación entonces lo importante es separar esta matriz teológica que no nos brinda respuestas, por ello la siguiente frase es crucial para realizar una lectura secular, “Decimos tres personas para no guardar silencio, no para decir lo que es la Trinidad.” Aquí un hito clave, a pesar de que el lenguaje carezca de la capacidad debe avanzar, no puede quedarse inmóvil frente a la empresa imposible que se le presenta, debe intentar forzar su capacidad a toda costa para aproximarse, aunque sea milimétricamente, a la idea de la Trinidad. Esto no solo sucede en este espacio sino siempre que nos refiramos a estas sustancias inalcanzables como el Bien, el Amor, la Justicia, etcétera; debemos caminar hacia ellas así no tengamos completamente claro qué son o que sepamos que son inalcanzables, en el mundo “terrenal” no existe el Amor, el Bien y la Justicia como tal existen expresiones particulares de cada una de ellas; este tipo específico de bien, de amor o de justicia que deben marchar hacia ese horizonte a pesar de que a cada paso él se aleja, quedar estáticos no es una opción. Tal como menciona en la “Ciudad de Dios” ninguna ciudad humana se parece a la ciudad divina todas las ciudades deben tender hacia este modelo aun a sabiendas que es imposible de lograr. También se puede encontrar esta idea en Derrida.

2.              La triada mente, noticia, amor es una expresión de cómo a pesar de no poder expresar la Trinidad el lenguaje humano, este si se expresa en todas las creaciones de Dios. Primero menciona que al igual que la Trinidad estas tres no pueden estar separadas, sino que, necesariamente, están ligadas la una a la otra. Esta reflexión se observa claramente en 651.7

“¿Hemos entonces de razonar, cuando se trata de estas tres realidades: mente, conocimiento y amor, como se razona de una bebida compuesta de vino, agua y miel, bebida en la que cada uno de sus componentes se extiende por toda la masa y, sin embargo, son tres, pues la parte más diminuta de esta poción contiene estos tres elementos, y no superpuestos cual si fuera agua y aceite, sino mezclados, y los tres son sustancias, y todo el líquido aquel una sustancia compuesta de tres? Pero el vino, el agua y la miel no son de una misma naturaleza, aunque de su mezcolanza resulte una sustancia potable.”

            En este espacio las tres son necesarias. La mente y la noticia porque cuando la mente se quiere conocer a sí misma necesita noticia de ella y, por lo tanto, cuando hablamos de cognoscible 648.4 “hay también dos realidades, la mente y su noticia y en esta curiosidad por conocerse ha de amarse necesariamente, porque no se ama el hecho de conocerse se ama el amor y este solo puede provenir de esa sustancia primigenia que es Dios” De manera inversa en 647.3 dice “La mente no puede amarse si no se conoce; porque ¿cómo ama lo que ignora?” de aquí se deduce que mente, noticia y amor son inseparables. Aún así en relación cada una se mantiene por sí misma, es decir son sustancia en sí, porque 653 8 “la mente puede amar otras cosas fuera de sí con el mismo amor con que se ama a sí misma. Y, del mismo modo, la mente no se conoce solamente a sí misma, sino otras muchas cosas. Luego el amor y el conocimiento no radican en la mente como en un sujeto, sino que son, al par igual de la mente, sustancia”. Desde aquí podemos dar el paso secular, si retiramos a Dios de la ecuación, encontramos reflexiones harto interesantes para el mundo contemporáneo y que tienen vigencia justamente por haber sido olvidadas.

Una de ellas se refiere a la relación necesaria entre amor y conocimiento, esta relación nos lleva de lleno a un plano ético del conocimiento es imposible entonces separar el Bien (porque Dios es Bien y Amor inseparablemente) del Conocimiento, entonces uno no debe amar una expresión específica del conocimiento, sino que es necesario amarlo por sí mismo esto nos lleva a querer el Bien con el cual este conocimiento está intrínsecamente relacionado. De esta forma, todo conocimiento, incluido el científico, debe tender hacia el Bien, sin pasar por alto, como sucede comúnmente hoy en día, los aspectos éticos de los avances en nombre de un hacer científico que cada vez más está orientado a resultados de eficiencia y eficacia dentro de un marco de explotación capitalista, en cambio debemos plantearlo desde la idea de generación de bien para la humanidad. A esto hay que agregar de manera fundamental que, para aproximarnos al Bien es siempre necesaria la acción de la voluntad como se muestra en 645:

“Cuando, por ejemplo, oigo hablar de un alma buena, oigo dos palabras, y por estas palabras entiendo dos cosas: el alma y su bondad. Nada hizo el alma para ser alma, pues carecía de existencia para poder actuar en su ser; más para que el alma sea buena es necesaria la acción positiva de la voluntad. Y esto no porque el alma no sea algo bueno; de otra manera, ¿cómo podría decirse con toda certeza que es mejor que el cuerpo?; pero aún no es buena el alma si le falta la acción de la voluntad para hacerse mejor.”

Por lo cual, la acción científica del conocer parte de la volición y, de la misma manera, ese hacer científico debe estar guiado por la voluntad hacia el bien. Todo esto no puede ser separado, el conocimiento está necesariamente relacionado con el deseo de conocer, tal deseo viene de la voluntad de conocer mostrado en 667 “Y se la puede llamar ya voluntad, porque todo el que busca quiere encontrar; y si se busca lo que pertenece a la noticia, el que busca quiere conocer.” Pero además la noticia se crea en este acto de búsqueda por parte de la mente que concibe el conocer de tal forma lo plantea San Agustín 667 “al parto de la mente precede una cierta apetencia, en virtud de la cual, al buscar y encontrar lo que conocer anhelamos, damos a luz un hijo, que es la noticia; y, por consiguiente, el deseo, causa de la concepción y nacimiento de la noticia, no se puede llamar con propiedad parto e hijo” este deseo que engendra la noticia a su vez “se convierte en amor al objeto conocido y sostiene y abraza a su prole” tal amor no puede sino llevar a la necesidad del bien en el conocimiento.

Otro aspecto que consideramos relevante es el vuelco hacia el pragmatismo extremo del conocimiento que no se detiene a pensar en la necesidad de amar la noticia o el conocimiento por sí mismos. Nuevamente, dentro del marco capitalista que exige resultados óptimos en el menor tiempo posible, también se ha instaurado la idea de que el conocimiento debe ser necesariamente práctico esto en detrimento del conocimiento por sí mismo, es decir, si no es aplicable entonces no sirve, pero claramente aplicable significa que pueda funcionar dentro de un espacio de generación de plusvalía. En cambio, tomando las ideas de San Agustín hemos observado que las sustancias como la noticia, la mente y el amor deben sostenerse por sí mismas y a la vez estar relacionadas entre sí, esto nos lleva a mostrar que la necesidad del conocer proveniente del deseo al conocer lo ignorado engendra la noticia y este dar a luz transforma el deseo del objeto conocido en amor que a la vez no puede existir sin su relación con el Bien, por lo tanto, la noticia debe ser amada por sí misma y no en el acto de la aplicación.

3. Finalmente, la relación previamente explicada entre mente, noticia y amor nos lleva al planteamiento siguiente ¿es posible que la mente no se conozca en absoluto? Y entonces ¿cómo es que la mente fundamenta el deseo de conocerse si no tiene ningún atisbo de su propio ser? Observaremos como la respuesta a tales preguntas surge de la reflexión que genera la inspiración para la duda metódica cartesiana. 

669 “Mas ¿dónde conoció su saber, si no se conoce? Sabe, sí, que conoce otras cosas y ella se ignora, y de ahí el conocer qué es conocer. Pero ¿cómo sabe que sabe algo, si se ignora a sí misma? No conoce una mente que conoce, sino a sí misma. Luego se conoce. Además, cuando se busca para conocerse, conoce su búsqueda. Luego ya se conoce.

En esta disquisición San Agustín muestra que la mente en el hecho de su búsqueda de conocimiento necesariamente debe saber que algo es lo que conoce, por ende, aunque sea de manera ínfima se conoce; también cuando se pregunta por su propio conocimiento se busca a sí misma y por ello se conoce. Por lo tanto, dice “Es (...) imposible un desconocimiento absoluto del yo, porque, si sabe que no sabe, se conoce, y si ignora que se ignora, no se busca para conocerse. Por el mero hecho de buscarse, ¿no prueba ya que es para sí más conocida que ignorada? Al buscar para conocerse, sabe que se busca y se ignora.” En cualquiera de los casos se tiene por lo menos un mínimo de conocimiento de la propia mente. Ahora este conocimiento no se puede dar a través de los sentidos sino de la propia presencia de la mente frente a sí misma como objeto conocido y cognoscente,

674 16. (nada hay a la mente más presente que ella misma); así es como piensa que ella vive, comprende y ama. Esto lo conoce en sí misma y no se imagina lo que percibe, como lo corpóreo y tangible, por los sentidos, cual si estuviera en los aledaños de sí misma. Si logra despojarse de todos estos fantasmas y no cree que ella sea alguna de estas cosas, lo que de ella misma quede, esto sólo es ella.

665 18 “Y así la mente, cuando se conoce, ella sola es padre de su noticia y es a la vez la que conoce y lo que conoce. Era cognoscible antes de conocerse, pero no existía en ella su noticia antes de autoconocerse. Cuando se conoce, engendra su noticia igual a sí misma; entonces su conocimiento iguala a su ser, y su noticia no pertenece a otra sustancia; y esto no sólo porque conoce, sino porque se conoce a sí misma”

Así la mente no puede depender de elementos externos que le conformen, además al buscar el objeto del cual se conforman las respuestas pueden distar 670.13 “No todas las mentes creyeron ser aire, pues unas se tenían por fuego, otras por cerebro, otras por otros cuerpos y algunas por otra cosa” aún así, continúa San Agustín, a pesar de las diferencias de concepción hay elementos innegables que subsisten de manera común 670.13 “todas conocieron que existían, vivían y entendían; más el entender lo referían al objeto de su conocimiento; el existir y el vivir, a sí mismas. Comprender sin vivir y vivir sin existir no es posible”. Entonces, lo único cierto es que tiene la capacidad de saber de sí misma e independientemente de su conformación existe, esto se fortalece en 674.16 con “El precepto de conocerse a sí misma tiende a darle certeza de que no es ninguna de aquellas realidades de las que ella no tiene certeza. Sólo debe tener certeza de su existencia, pues es lo único que sabe con certeza.” Aquí podemos observar claramente un proto argumento que posteriormente pasará a Descartes. San Agustín a diferencia del filósofo francés no queda prisionero de la duda, en cambio avanza sobre su reflexión y además, muestra que esta certeza de ninguna manera puede ser absoluta y no puede fundamentar un conocimiento absoluto.

En esta certeza de existencia reconoce que la duda es un elemento fundamental que lo puede guiar al ligarlo a los elementos fundamentales que aseveran su ser, donde a pesar de que se dude de los elementos conformadores e incluso estar errado no se puede negar ninguno de ellos.

672 ¿quién duda que vive, recuerda, entiende, quiere, piensa, conoce y juzga?; puesto que, si duda, vive; si duda, recuerda su duda; si duda, entiende que duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda, juzga que no conviene asentir temerariamente. Y aunque dude de todas las demás cosas, de éstas jamás debe dudar; porque, si no existiesen, sería imposible la duda.

            Retomando el argumento sobre los sentidos a pesar de que estos fallen y nos lleven al error ninguna de las capacidades presentadas en 672 desaparece esto lleva a la aseveración más importante que se presenta en 708 “jamás yerra o miente el que dice: «Sé que vivo». Opónganse mil ejemplos de visiones falaces al que dice: «Sé que vivo»; nunca vacilará, pues el que yerra vive.” Esta máxima no admite duda alguna, los sentidos pueden traicionar, la imaginación, el razonamiento pero incluso al no tener la razón no podemos negar la existencia de una mente (en relación con la noticia y el amor) que se mira y se conoce a sí misma (cognoscible, cognoscente y amada). Aquí presente ya en el siglo VII una matriz que afectará profundamente al pensamiento moderno, con distintas respuestas por supuesto pero de innegable potencia reflexiva y de la cual Descartes es un deudor directo.