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viernes, 10 de abril de 2026

EL SUJETO PORTADOR EN LA FENOMENOLOGÍA DE EDWIG CONRAD-MARTIUS

 



El concepto de portador en las corrientes fenomenológicas está vinculado a la formación de los sujetos y las subjetividades y es particularmente importante porque permite desentrañar las complejidades de su constitución. Sin embargo, es un término poco analizado o utilizado en otras tendencias filosóficas y, por eso mismo, se lo desconoce. El término portador traduce el Träger alemán y el bearer inglés. En la fenomenología, Edwig Conrad-Martius otorga al término portador una centralidad clave en su pensamiento, cuestión que será examinada en este trabajo. (Seifert & Mbacké Gueye, 2009) (Miron, Hedwig Conrad-Martius: The Phenomenological Gateway to Reality, 2021)

Los planteamientos de Conrad-Martius abren un espacio de debate en un contexto en donde la posmodernidad ha sido hegemónica, afectando de manera especial al entendimiento de la construcción de los sujetos en el mundo contemporáneo. Es posible repensar las subjetividades más allá de las afirmaciones de su disolución, sin un regreso romántico a los sujetos de la modernidad. Además, está la responsabilidad política en un mundo asolado por el ascenso del fascismo y en el que las acciones de resistencia en la esfera pública están a la orden del día. (Conrad-Martius, Metaphysical Conversations and Phenomenological Essays, 2024) (Hart, 2020) Aunque no hay una referencia ni una relación directa, cabe señalar que esta noción de portador es utilizada por Karl Marx en El capital, sin que el término haya sido objeto de un sólido análisis, a pesar de su importancia. (Marx, 1975)

La cuestión del sujeto portador surge en Conrad-Martius en la perspectiva de la construcción de su Realontologie, o el modo en el que toda realidad se constituye a partir de sí misma, sin otro fundamento que ella misma. Por esto, distingue en su interior tres momentos que subyacen a la formación de lo real: el sujeto portador, la esencia y la manifestación de estos dos, que es, en último término, la realidad.

Aquí ya está el "movimiento fundamental" de la realontología: la fundación de aquello que aparece en sí mismo desde fuera de sí mismo según diversas modalidades de arraigamiento propio. Tenemos, por tanto: (1) un momento sustancial (el portador u objeto como portador de predicaciones), (2) un momento "esencial" (el qué o ser-tal), y (3) un momento "existencial" (la presentación del objeto como unión de los momentos sustanciales y esenciales). (Hart, 2020, pág. 60)

Miron sintetiza los componentes del fenómeno de portar, que se encuentra en el núcleo de la relación entre la esencia y su expresión.

La idea de la realidad de Conrad-Martius asume una estructura fundamental del ser real. Esta estructura está compuesta por dos constituyentes inseparables: la esencia (die Washeit) y el "portador" (Träger) sobre los que se "carga" la esencia. Mientras que la primera encarna lo que ella llama la "qué" de la cosa, la segunda indica el contenido del ser real. Establece que cuando la esencia se constituye a sí misma, personalmente lleva un portador, que es el llenado de contenido del ser real, o alternativamente lo real es aquello que lleva la esencia que le pertenece y la especifica fundamentalmente. De hecho, el portador está especificado por la esencia que se sube sobre él y por la que existe. Al mismo tiempo, la esencia se lleva hasta el punto de especificar a su portador. Finalmente, la función de llevar se basa en relaciones puras y "formales que no pueden ser destruidas" (1924: 223) en la medida en que deben considerarse como "señalándose formalmente mutuamente" y como "que están surgiendo al mismo tiempo" (1924: 172).

(Miron, “Essence” (Wesenheit, Washeit) and “Bearer” (Träger) in Hedwig Conrad-Martius (1888–1966), 2020)

La estructura de la realidad está dada por la relación inseparable entre la esencia y el portador. La esencia hace que una cosa sea lo que es, tal como se la define clásicamente; pero, la novedad radica en la aparición de este portador, que permite que la esencia se vuelva una realidad concreta y que se dé como fenómeno. De este modo, la esencia carga sobre el portador los contenidos efectivos de su ser y estar, y el portador queda especificado o indexado por la esencia. Se entiende que la existencia del portador depende de la esencia, sin llegar a distinguirse con claridad el hecho de crear al portador del proceso de cargarle con determinados atributos o características que provienen del qué es de la esencia.

Los componentes que forman la estructura de la realidad se afirman como permanentes y universales: esencia, portador, carga, especificación; esto es, dos elementos: esencia y portador, y dos movimientos: carga y especificación, unidos por una relación necesaria. Con este señalamiento de Miron, entremos en el texto de Conrad-Martius, Realontologie, en donde desarrolla extensamente estas ideas. (Conrad-Martius, Realontologie, 1924) (Dado lo difícil de ubicar este texto, bastante desconocido, lo citaré más extensamente de lo usual).

Conrad-Martius establece, como punto de partida, el estatuto ontológico del portador, porque únicamente cuando la esencia carga al portador, se manifiesta la realidad en su especificidad, que es el modo en que las cosas existen. Los entes reales son producto de la entrada por completo del qué es de la esencia en un fenómeno que le permite, de este modo, ser y estar efectivamente. Así que la pregunta ontológica fundamental está en interrogar por la esencia que está cargando a este portador y que se nos presenta ante nosotros en su corporeidad.

11. Cuando una verdad llega a la realización o se hace corpórea, se establece así un “portador” al que se le carga como contenido real de existencia. O, dicho de otra manera: cuando una verdad se manifiesta a través de un portador constituido de esta manera, es contenido real de existencia y el todo es una entidad real. (Conrad-Martius, Realontologie, 1924, pág. 167)

Veamos ahora la relación ontológica que se establece entre esencia y portador, que tiene un carácter de correlato; esto es, la existencia del uno implica la existencia del otro. Se impone la necesidad de definir cada uno en función del otro, porque separados carecen de sentido y de existencia. En primer lugar, se tiene la esencia que se manifiesta necesariamente y, en segundo lugar, el portador que adquiere consistencia real o entra en la existencia, únicamente en cuanto ha sido cargado por su esencia.

Un portador real se convierte en una entidad al ser cargado con una esencia; y una esencia se manifiesta como tal cuando corresponde a un portador fáctico o un hypokeimenon. El hypokeimenon y la esencia cargada, o como podemos decir ahora, la esencia cargada, solo pueden definirse mutuamente y de manera interdependiente. Uno no es nada sin el otro. (Conrad-Martius, Realontologie, 1924, págs. 169-170)

Se debe tener cuidado de no confundir la explicación procesual de este fenómeno con pensar que se trata de dos momentos separados en el tiempo; por el contrario, son plenamente simultáneos. El portador fáctico está definido por la esencia que le hace ser lo que es; y la esencia existe exclusivamente cuando se manifiesta en el portador. Ninguno de los dos momentos existe antes que el otro. Son los dos lados de una misma realidad, en la que la esencia aporta el qué es y el portador fáctico se pone como realidad.

Conrad-Martius insiste en que el portador no es una realidad que exista previamente y que sale al encuentro de una esencia; esto implica un efectivo proceso de emergencia de lo real, que se da precisamente en la conjunción permanente de esencia y portador fáctico. La esencia se carga en el portador, pero, al hacerlo, convierte al portador en una entidad real; así, la esencia entra en lo real constituyéndolo.

Sobre esta base ontológica, Conrad-Martius avanza a la dilucidación del sujeto portador, como el momento en que la verdad de la realidad se realiza, como su punto de llegada más prominente. El conjunto de elementos que han servido para describir la relación entre la esencia y el portador fáctico, que son soporte, poder, representación y carga, ahora encuentran su expresión en el yo, en cuanto instancia personal de la verdad. La fenomenología que se corresponde con la ontología real postula la existencia de este proceso de constitución del sujeto o del yo.

Para ello, cuando hablamos de la peculiar relación entre el portador real y su propia verdad real en términos de un soporte, poder, representación y carga, lo que se encuentra en estas expresiones como característico para la constitución de la realidad también puede ser fijado en un solo concepto de manera más prominente y ahora central. Lo real es, a través de su puro ser y estar, un realizador positivo y personal de su propia verdad o de su propio yo. (Conrad-Martius, Realontologie, 1924, págs. 173-174)

En esta ontología real de Conrad-Martius, la interrelación entre esencia y portador conduce al descubrimiento de un fundamento constitutivo, que es el yo, en el que la realidad se convierte en la verdad realizada prácticamente. Estamos de lleno en el plano del idealismo trascendental en el sentido husserliano del término, aunque aquí la autora ha pasado del plano cognoscitivo al ontológico, porque el yo realiza la verdad no solo en cuanto conocimiento puro, sino como momento de la misma realidad.

El portador ha pasado de ser un sujeto meramente formal a un sujeto en el que la verdad se ha “efectuado” positivamente o, como también se puede decir, se ha puesto en práctica. Así, llevamos la realidad a un fundamento constitutivo subyacente que la constituye, y con ello hemos dado a la vacía noción de realidad la plenitud visual que le corresponde. Lo real es lo que se ha realizado de manera constitutiva en el propio yo. (Conrad-Martius, Realontologie, 1924, págs. 173-174)

Más allá de los debates sobre este particular enfoque fenomenológico, interesa mantener esta idea central de la constitución de los sujetos y las subjetividades, en el sentido de sujetos portadores que han sido cargados por una esencia, a partir de la cual se relacionan con el poder o se representan su propia conformación y el mundo en el que están inmersos.

O, de otra manera, cuando analizamos los sujetos sociales y las personas, se tiene que introducir la pregunta por la carga que llevan, soportan, representan, y que les hace ser tales sujetos, en cuanto son expresión de una esencia que se expresa en ellos. Desde luego, esta es una esencia no sustancialista, que se mantiene únicamente en la medida en que se manifiesta y que no puede ser considerada con independencia del portador fáctico.

Edwig Conrad-Martius parte de Husserl y, al mismo tiempo, se aleja de este en algunas consideraciones básicas, que serían inaceptables para este. La diferencia más importante está en el giro ontológico que le imprime a la fenomenología y, luego, a la articulación entre la emergencia de la realidad desde sí misma y la constitución de la verdad de lo real en el yo. (Breuer, Conrad-Martius: Sein, Wesen, Existenz. In Auseinandersetzung mit der Ontologie und Metaphysik Aristoteles', Thomas von Aquins und Husserls, 2021) (Breuer, Hedwig Conrad-Martius: The real reality of the sensuous appearance vs. the unreality of the artwork, 2023)

Desde esta comprensión de la relación de la esencia que carga al portador con el qué es y lo convierte en sujeto, primero formal y luego real, se puede avanzar hacia otras situaciones que no son tomadas en cuenta por Conrad-Martius, pero que tienen igual relevancia. Manteniendo la validez del sujeto portante, los fenómenos relacionados con otros modos de carga que se dan en la realidad también podrán ser objeto de análisis. Me refiero, de manera especial, a la situación en la cual ya están dados los sujetos portadores, bien sean colectivos o individuales. Este es el hecho más común y cotidiano, y aquí se presenta un nuevo fenómeno: ¿qué sucede cuando otra esencia se carga en un sujeto portador fáctico ya dado de antemano? ¿Qué serie de transformaciones se producen? ¿De qué manera se altera el estatuto ontológico del sujeto portador por la entrada de una nueva esencia? ¿Este fenómeno se da de manera irreversible o, por el contrario, puede hacerse y deshacerse una y otra vez?

Será preciso ampliar, en otros estudios, el análisis de los antagonismos esenciales que compiten en la estructuración de los sujetos portadores y los diferentes tipos de sujetos y subjetividades que se tornan reales y se posicionan como tales; o, como diría Conrad-Martius, en donde una determinada verdad se realiza. Esta diversidad de esencias que entran en un sujeto portador será particularmente visible en El capital de Karl Marx.

Bibliography

Breuer, I. (2021). Conrad-Martius: Sein, Wesen, Existenz. In Auseinandersetzung mit der Ontologie und Metaphysik Aristoteles', Thomas von Aquins und Husserls. Horizon. Studies in Phenomenology, 10(2), 360-397.

Breuer, I. (2023). Hedwig Conrad-Martius: The real reality of the sensuous appearance vs. the unreality of the artwork. NASEP.

Conrad-Martius, H. (1924). Realontologie. Jahrbuch für Philosophie und phänomenologische Forschung, 6, 159-333.

Conrad-Martius, H. (2024). Metaphysical Conversations and Phenomenological Essays. (C. Gschwandtner, Ed.) Berlin: Walter de Gruyter GmbH.

Hart, J. (2020). Hedwig Conrad-Martius’ Ontological Phenomenology. Cham: Springer Nature Switzerland AG.

Marx, K. (1975). El Capital (Vol. Tomo I/Vol.I). México: Siglo XXI.

Miron, R. (2020). “Essence” (Wesenheit, Washeit) and “Bearer” (Träger) in Hedwig Conrad-Martius (1888–1966). Retrieved from https://hwps.de/ecc/

Miron, R. (2021). Hedwig Conrad-Martius: The Phenomenological Gateway to Reality. Cham: Springer Nature Switzerland AG.

Seifert, J., & Mbacké Gueye, C. (Eds.). (2009). Anthologie der realistischen Phänomenologie. Frankfurt: ontos Verlag.

 

lunes, 10 de abril de 2017

Leer a Lacan. Seminario 6. El deseo y su interpretación. 5.

El deseo me constituye como sujeto y al mismo me aniquila como tal; me hace y me deshace. La existencia sin el deseo, sin su presencia, queda como una vida desnuda, sin más: “…la existencia reducida a sí misma, la existencia más allá de todo lo que puede sostenerla, la existencia sostenida en la abolición del deseo”. (Lacan, 2014, pág. 112)

¿Cómo puede suceder esto? ¿Cuál es la “la dialéctica de las relaciones del sujeto con su deseo”? (Lacan, 2014, pág. 115)

Para comprender esta dualidad que nos enfrenta al deseo, tenemos que colocar a ese sujeto frente al objeto de su deseo. Tenemos que ponernos frente a este objeto del deseo y confrontarnos con él, dar la cara ante esa presencia que se vuelve inevitable, ineludible:

“Para interrogar con más detalle lo que ese deseo humano quiere decir, lo que significa, henos aquí pues llevados a tomar la cuestión por la otra punta, una punta que no se presenta en los sueños, a saber, por nuestro algoritmo, en el cual la S tachada es confrontada, puesta en presencia, puesta delante, de a minúscula, el objeto”. (Lacan, 2014, pág. 114)

Pero, el deseo puede perderse, no realizarse, fallar. Sabemos que el deseo puede faltar. Más aún, la manera cómo ese deseo está estructurado, cómo se presenta, dependiendo del deseo del otro -que es efectivamente mi deseo-, está en suspenso. Podría ser que lo busquemos y no esté; podría suceder que ese deseo que espero que se dé y me satisfaga en un futuro más o menos definido, cuando llegue el momento, no esté.

El hecho de que coloquemos nuestro deseo como “promesa, anticipación”, que lo pongamos en un “signo”, hace que el deseo nos amenace con desaparecer. Esta desaparición nos llena de temor, porque el deseo está en el núcleo de nuestra existencia, en el inconsciente que nos hace ser lo que somos:

“El sujeto aliena siempre su deseo en un signo, una promesa, una anticipación, algo que conlleva como tal una pérdida posible. Debido a esa pérdida posible, el deseo se ve ligado a la dialéctica de una falta. Es subsumido en un tiempo que, como tal, no está allí -al igual que el signo no es el deseo-, un tiempo que en parte está por venir. En otros términos, el deseo ha de confrontarse con el temor de no mantenerse en el tiempo bajo su forma actual y, artifex, de perecer, si puedo expresarme así”. (Lacan, 2014, pág. 117)

Este riesgo de la desaparición del deseo, también significa el riesgo de abolición del sujeto, su tachadura, su abolición; porque el sujeto “cuenta” y hace cuentas con su deseo, organiza su existencia en torno a este, le recubre constantemente de signos, es la fuente de sus esperanzas y le hace todo el tiempo, promesas. El sujeto a cada paso se anticipa a su deseo y trabaja con él: “Esto no solo quiere decir que la vivencia humana está sostenida por el deseo -lo sospechamos, desde ya- sino que el sujeto humano tiene en cuenta ese deseo, cuenta con este”. (Lacan, 2014, pág. 118)

Sin embargo, aquí se abre una dimensión en la relación del sujeto con su deseo. Me pregunto, ¿qué pasa si mi deseo se realiza, se satisface?, ¿qué sucede si al fin llega y nos interpela directamente?

Cuando esto sucede, nos colocamos en las manos del otro, porque nuestro deseo solo puede ser satisfecho por el deseo del otro. Entonces, surge un nuevo temor: ¿quedaré en sus manos?, ¿estaré preso de lo que el otro quiera hacer de mí y conmigo?: “En esos casos tan notables en los cuales el sujeto teme la satisfacción de su deseo se dan demasiado a menudo. Ocurre que esa satisfacción hace que en lo sucesivo él dependa del otro que va a satisfacerlo”. (Lacan, 2014, pág. 118)

Esta amenaza de quedar en manos del otro, hace que el sujeto postergue la satisfacción del deseo, prefiere dejarlo para más tarde, para otra oportunidad, en mejores condiciones o quizá esperar el deseo de otro “otro”, no el que tengo aquí conmigo, en este momento.

Al detener la satisfacción del deseo, también me alejo del objeto del deseo y dejo ese fantasma sin formarse, sin constituirse, deja de establecerse la relación entre el sujeto y el objeto del deseo -que es el deseo del otro-; y así, al no contar con mi deseo, mi propia subjetividad queda en entredicho, su propia formación queda postergada:

“El sujeto pasa su tiempo evitando una tras otra las ocasiones que se le presentan de encontrarse con lo que en su vida siempre fue acentuando como el deseo más apremiante. Ocurre que aquí también está lo que él teme: esa dependencia -que yo evocaba- para con el otro. De hecho, la dependencia respecto del otro es la forma bajo la cual se presenta en el fantasma lo que el sujeto teme y lo que lo hace apartarse de la satisfacción de su deseo”. ”. (Lacan, 2014, pág. 119)

Lacan introduce un nivel adicional en esta dialéctica de la relación entre el sujeto y su deseo. Leemos lo que dice:

“Lo que el sujeto teme cuando se representa al otro no es, en lo esencial, depender de su capricho, sino que el otro selle ese capricho como signo. He aquí lo que está velado. No hay signo suficiente de la buena voluntad del sujeto, a no ser la totalidad de los signos en que él subsiste. En verdad, no hay otro signo del sujeto que el signo de su abolición como sujeto, ese signo que se escribe -S- [S tachada]” ”. (Lacan, 2014, pág. 119)

Tenemos que preguntarnos, ¿qué significa que el otro “selle ese capricho como signo”? ¿Y por qué la introducción del signo lleva a su “abolición como sujeto”? Como se ve, las consecuencias son fundamentales, porque no hay simplemente sujeto -S- sino que tenemos un sujeto que solo puede enunciarse como -S- [S tachada]

¿Qué sucede cuando el otro sella el capricho con un signo, cualquiera que sea el que elija? Como digo, sin importar el signo que elija, el deseo del otro no satisface mi deseo directamente, sin más; el otro no puede darse de este modo, enteramente, sin residuo. El otro en realidad responde a mi demanda por su deseo, a través de un signo, que es, ante todo, lenguaje. Quizás el otro me escribe un mensaje, envía un emoticon, llama demasiadas veces, compra un regalo.

Y ese signo, al mismo tiempo que transporta su deseo, también lo distancia, porque no es el deseo del otro, sino el signo del deseo del otro. A su vez, la relación del sujeto con el objeto del deseo, solo puede darse a través de signos. Esta estructuración del sujeto como lenguaje, del inconsciente como lenguaje, se expresa en esta S tachada.

Lacan, J. (2014). El deseo y su interpretación. Seminario 6. Buenos Aires: Paidós .


sábado, 19 de abril de 2014

REPRESENTACIÓN VIRTUAL. 3. BADIOU.

La Lógica de los mundos de Alain Badiou, a pesar de su intensa formalización, no contiene una teoría de lo virtual, lo que no deja de ser curioso, porque este debería ser un tema importante en las reflexiones en torno a la conformación de los mundos como multiplicidades irreductibles a una totalidad.

Como en el caso de Kant y de Husserl –ver las entradas del blog correspondientes-, se tiene que desprender de las consideraciones lógicas generales, una lógica de lo virtual desde las propias categorías de Badiou. Nuevamente, como en los autores mencionados, indicar las transformaciones en su pensamiento que se producen en el momento en que entra en juego el campo de lo virtual.

“El materialismo dialéctico dice: ´Solo hay cuerpos y lenguajes, excepto que haya verdades´. Ese ´excepto que´ existe en cuanto sujeto.”(45)

En Badiou hay un vínculo indisoluble entre sujeto y verdad: el sujeto es el lugar de la verdad, que es precisamente lo que le convierte en sujeto. Esto razonamiento da lugar a una teoría formal del sujeto: “…porque la teoría del sujeto es esencialmente formal.”(46) que “designa un sistema de formas y operaciones.”(47) Las modalidades del sujeto –modalidad como forma y operación- ligadas a los procedimientos de la verdad son: amor, ciencia, arte y política.

Antes que entrar en el debate sobre “la teoría formal del sujeto”, con todas sus implicaciones técnicas, es preferible quedarnos en las formas y los procedimientos de esas modalidades, porque allí podría ubicarse el campo de lo virtual. Si el sujeto “designa un registro de la experiencia, un esquema para la distribución consciente de lo reflexivo y lo no reflexivo”(47), entonces cabe la pregunta por el modo de conformación de ese registro y por el esquema resultante.
Las operaciones que llevan desde lo reflexivo a lo no reflexivo, y viceversa, se articulan a través de una interface que contiene, precisamente, aquellos dos ámbitos: la máquina virtual del hardware y el software y la máquina simbólica.

Estas dos máquinas forman un esquema, un diagrama que muestra el funcionamiento del sujeto, que con su máquina simbólica tiene que conectarse a la máquina virtual para acceder a cualquiera de las modalidades señaladas por Badiou.

La colocación mediadora de esta interface introduce en el esquema de Badiou otro elemento sin el cual estaría incompleto e incluso no alcanzaría a volverse real: la imaginación, la fantasía, el orden imaginario. Imaginación que adquiere una forma específica a través de la máquina virtual. Como ejemplo, tenemos los procesos de subjetivación a través de los videojuegos, que contienen tanto los entornos posibles del orden imaginario así como el campo en donde se hace posible la conformación de los sujetos, en donde se negocia lo simbólico, las redes de socialización, la política entendida como estrategia y guerra, etc.

Por lo tanto, al introducirse en estos esquemas, el registro de la experiencia virtual, el sujeto como lugar de la verdad, se convierte en sujeto como lugar en donde primero se imagina el amor, la ciencia, el arte y la política. Sin esta disposición imaginaria, estas modalidades no se vuelven reales. El dispositivo imaginario es así un cíborg: máquinas incomparables pero compatibles, que les permite funcionar extraordinariamente bien. El sujeto como conjunción cíborg de máquina virtual-máquina simbólica, a través de los cuales los procedimientos y esquemas de la verdad se hacen posibles.

Los modos de representación virtual son aquellos que se dan a través del cíborg virtual-simbólico y son específicos para cada uno de los campos mencionados: amor, ciencia, arte, política.


Badiou, Alain, Logics of worlds. Being and event, 2, Ed.  Continuum, London, 2009.