Alain Badiou se refiere el
término inmanencia en su último libro de la trilogía Ser y acontecimiento, que
se intitula La inmanencia de las verdades. El desafío consiste en construir un
sistema definido por este término y, al mismo tiempo, introducir en este la
infinitud. La condición que convierte a esta teoría en un asunto extremadamente
difícil de alcanzar es la imposibilidad de recurrir a Dios y a las soluciones
espirituales, porque tiene que evitar salirse del plano inmanente. Para Badiou,
la trascendencia, del tipo que fuere, está excluida de antemano.
¿Cómo conciliar inmanencia e
infinitud sin elaborar un sistema explicado causalmente por la trascendencia?
Badiou insiste en la negativa a renunciar a cualquiera de los dos aspectos que
conforman la realidad. Quedarse únicamente con la inmanencia conducirá a alguna
de las variantes del empirismo y del relativismo. Apelar a la trascendencia
será regresar a la teología.
La cuestión de la verdad lleva a
los dos términos, inmanencia e infinitud, a su máxima tensión. Badiou parte de
reivindicar con fuerza el carácter universal de las verdades, es decir, su
infinitud, sin la cual caeríamos en el relativismo. Una verdad tiene que ser
válida para todos para ser tal.
Mi punto de
partida, que, como siempre en filosofía, es también el punto que hay que
demostrar y legitimar, es que, por un lado, existen verdades, es decir,
entidades que tienen un valor y un alcance universales…
Por otra parte, las verdades son
productos colectivos e individuales; pertenecen plenamente a la esfera de lo
público y están sometidas a todos los condicionamientos sociales y políticos.
Dicho de esta manera, pareciera que se niega el carácter universal de las
verdades.
Las verdades
universales son inmanentes a los mundos reales porque se crean en ellos. Por
Dios, decía Descartes. Por supuesto, lo traemos de vuelta a la tierra: las
verdades son creadas por un sujeto humano, personal o impersonal, individual o
colectivo, en mundos determinados, con materiales determinados.
La formulación de la doble
exigencia muestra las consecuencias negativas que tendría si optamos por
ubicarnos en uno de los extremos: “De hecho, hay que luchar tanto contra la
postura escéptica o relativista, que afirma que «no hay verdades universales,
todo es relativo», como contra la postura dogmática, que afirma que «las
verdades existen desde siempre en una figura trascendente y externa»”.
Con el fin de encontrar una
solución a la doble exigencia de inmanencia y finitud, sin recurrir a la
trascendencia, Badiou recorre tres sentidos de la inmanencia y, al final, demuestra
su plena articulación. Primero, la verdad como hecho histórico y paradigma de
la inmanencia. Toda verdad es un producto social, determinado por un aquí y
ahora.
En primer
lugar, y este es el sentido básico que acabo de recordar, toda verdad es una
producción inmanente en un mundo determinado, es decir, en un mundo
histórico-geográfico, localizado tanto en el tiempo como en el espacio.
En el segundo tipo de inmanencia,
Badiou comienza a delinear la posible resolución de la tensión entre inmanencia
e infinitud. Aun surgiendo del mundo, la verdad no queda prisionera de las
condiciones históricas. La verdad se considera excedentaria a la situación y su
excepcionalidad proviene de su universalidad. Por lo tanto, proviene de la
esfera inmanente y desde allí alcanza un tipo de infinitud.
La
«inmanencia» se opone aquí, de manera totalmente clásica, a la «trascendencia».
Sin embargo, y esta es la segunda razón, una verdad también es una excepción
con respecto al mundo en el que se crea, simplemente porque tiene un valor
universal.
En este segundo tipo de
inmanencia, Badiou apela a la inmanencia propia de la infinitud, de las
verdades con su carácter absoluto:
La segunda,
que es la mía, por la que pasa la única continuación de la filosofía que
conozco, propone un concepto de las verdades tal que su relación con lo
absoluto no depende ni del Uno ni de una trascendencia. Tenemos aquí, pues, el
segundo sentido de la inmanencia: las verdades están en una relación inmanente
con el significado absoluto de su propio valor.
Al haberse eliminado el recurso
de la trascendencia, Badiou no tiene otra alternativa que descubrir dentro de
la propia infinitud, en este caso de la verdad, su carácter inmanente. El
primer tipo de inmanencia radica en el carácter social de la producción de la
verdad; en cambio, el segundo tipo enuncia una relación inmanente que es
interior a la propia verdad.
Una vez producida la verdad desde
la matriz social, el valor de verdad le pertenece únicamente a la propia
verdad, porque esta, en su infinitud, rebasa a la primera inmanencia. La verdad
absoluta no puede estar contenida dentro de la inmanencia empírica, porque la
despedazaría; por esto, se traslada al nivel de una inmanencia que es
autorreferencial. El valor de verdad es inmanente únicamente a la esfera de la
verdad, aunque su origen esté en lo social; esto le permite tener un
“significado absoluto”.
La argumentación central de
Badiou se ubica en esta parte y sigue la siguiente secuencia: producción
colectiva de la verdad, excedencia de la verdad respecto de las condiciones de
su producción, constitución de la esfera de la inmanencia de la verdad y realización
de la relación entre finitud e infinitud.
La relación entre inmanencia e
infinitud se da entre estas dos esferas inmanentes, aunque la inmanencia de la
verdad haya sido producida por la inmanencia histórica. Por este mismo motivo,
la verdad en tanto absoluta y universal retorna sobre el mundo y se constituye
como la verdad de ese mundo.
A
continuación, mostraré que el signo de esta inmanencia de lo absoluto viene
dado por el valor infinito de una verdad. Una verdad es siempre testigo de la
posibilidad de una relación inmanente entre lo finito y lo infinito. De ahí el
lugar central que ocupa, en todas las operaciones conceptuales de este libro,
la dialéctica finito/infinito.
El tercer tipo de inmanencia es
la concreción de la relación entre los dos tipos mencionados, que se da a
través un proceso de subjetivación. El sujeto, social e individual, se
convierte en una propiedad emergente de las esferas inmanentes, como portador
de la verdad. Así, ser sujeto es ser sujeto de la verdad y, por este medio,
acceder desde la finitud a la infinitud. La verdad no es exterior al sujeto,
sino que también le es inmanente. Podría hablarse de una inherencia de la
verdad en el sujeto.
Por último, la
tercera función de la palabra «inmanencia» proviene del hecho de que el
devenir-sujeto de un individuo o de un colectivo depende de su capacidad para
ser inmanente al proceso de una verdad. Ser sujeto, convertirse en sujeto, es
otra forma de inmanencia, que es la inmanencia a un proceso de verdad y, por lo
tanto, también a la relación con lo absoluto que sustenta toda verdad.
Badiou sintetiza todo este
proceso de la siguiente manera:
«Inmanencia de
las verdades» tiene este triple sentido: inmanencia de la producción de lo
verdadero a un mundo determinado, inmanencia de una verdad a una cierta
relación entre lo finito y lo infinito como signo de que toca lo absoluto,
inmanencia de todo sujeto constituido como tal, más allá de su individualidad
particular, a un proceso de verdad.
Cabe preguntarse si Badiou
efectivamente resuelve el problema de la inmanencia en su relación con la
infinitud. Si bien se descarta la apelación a un Dios trascendente, se mantiene
la dificultad por la existencia de los universales que tienen un carácter
absoluto. Difícilmente se puede aceptar, sin más, esta tesis, porque al
formarse otro plano de inmanencia, que es el de la infinitud, no deja de ser
como tal una infinitud y subyace a ella un cierto aroma a transcendencia,
aunque sea bajo su forma secularizada.
Además, se deja sin explicar los
procesos mediante los cuales la esfera de la inmanencia histórica produce
universales absolutos que, inmediatamente, los echa de su mundo. ¿Cómo se da
esta clase tan especial de productos que surgen de la finitud y se convierten
en infinitos? ¿De qué manera la finitud contiene de manera inherente la
infinitud?
La resolución de esta cuestión
tan ardua no proviene de la negación del problema como tal. Tenemos ante
nosotros la producción de universales, entre ellos la verdad que, aunque son
productos históricos, son excedentarios respecto de la situación en la que
fueron producidos. De otra manera, estaríamos ante el triunfo del relativismo y
el escepticismo. Sin embargo, no se dilucida el modo de existencia de la esfera
de los universales, que también son inmanentes a su propio campo.
Si queremos
salir de un mundo así, en el que solo hay creaciones relativas o, como digo en
Logiques des mondes, solo individuos y lenguajes, hay que proceder a una
crítica minuciosa de la tesis de la finitud. Hay que demostrar que el infinito
es un recurso exigible y real, como garantía de todo lo que concierne a las
verdades que tienen un valor universal.
El texto de Badiou deja abierto
el desafío y habrá que buscar un camino de solución; eso sí, reconociendo la
validez de la forma en que está formulada; esto es, no es suficiente construir
un sistema totalmente inmanente, porque se deja de lado esa otra esfera, cuyo
reconocimiento es inevitable. En este sentido, tentativas como las de Deleuze y
Guattari, y Manual de Landa fracasan en su intento.
Bibliografía
Badiou, Alain. 2009. L´Inmanence de las vérités.
Paris: Fayard.
—. 2009. Logic of worlds. London: Continuum.
—. 2003. Ser y acontecimiento. Buenos Aires:
Manantial.
DeLanda, Manuel. 2021. Teoría de los ensamblajes
y complejidad social . Buenos Aires: Tinta Limón.
Deleuze, Gilles, y Féliz Guattari. 1997. ¿Qué es
la filosofía? . Barcelona: Anagrama.
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