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lunes, 26 de enero de 2026

MODOS DE LECTURA.



Justicia. Estar dispuestos continuamente a admitir que el otro es algo muy distinto de lo que leemos cuando él se halla delante (o cuando pensamos en él). O más bien, leer en él que ciertamente él es algo distinto, tal vez algo muy distinto de lo que leemos. Cada ser grita en silencio pidiendo ser leído de otra manera. (Weil, 1994, pág. 98)

La filosofía, más que cualquier otro conocimiento, penetra en los más diversos tipos de discursos y los somete a su mirada. Se lee filosóficamente el cine, el cómic, la literatura, los videojuegos, la mecánica cuántica. Nada escapa a su capacidad de someter a los saberes desde su perspectiva.

Sin embargo, el proceso inverso rara vez se da. Difícilmente se puede escapar de una lectura acerca de la validez y verdad del texto filosófico, esto es, de su capacidad de mostrar el mundo por lo que realmente es, en sus fundamentos. Este nivel de aproximación al texto filosófico es, desde luego, indispensable, aunque insuficiente.

Muchas veces se tiene la impresión de que la obra filosófica que está en nuestras manos no transparenta el conjunto de significaciones que contiene y que, de alguna manera, goza en esconderse detrás de sus argucias argumentativas. Por esto, cuando sea necesario, habrá que hackear el texto y penetrar en sus códigos ocultos.

Habrá que utilizar una estrategia caníbal para hackear el texto y que el grito contenido se desprenda de la garganta ansiosa de decir aquello que no quiere decir. El discurso filosófico aparecerá en su verdadera dimensión y permitirá que lo entendamos a cabalidad, incluso en sus aspectos incongruentes o muy difíciles de ser aceptados. Es posible que en este proceso la nitidez de la pertenencia al campo filosófico se pierda y se vean aparecer otros registros inesperados.

En este tipo de lecturas propuestas aquí, la estrategia de hackeo caníbal consiste en el cambio radical del estatuto de los textos filosóficos, desplazando el enfoque de la validez y la verdad hacia su pertenencia a esferas distintas, como las construcciones de sistemas formales o el acercamiento a los espacios ficcionales.

Antes de presentar los hackeos caníbales, se debe insistir en que las lecturas alternativas no anulan la necesidad de someter los discursos filosóficos a su confrontación con el orden veritativo, a través de un debate racional con estos. De hecho, este tendría que ser el primer paso; únicamente si después de esta lectura se constata que hay algo allí que no se entiende, que no encaja, que escapa a la coherencia del texto, se buscará otro modo de leerlo.

En primer lugar, textos como síntomas. Leyendo a Jean Baudrillard, especialmente sus últimos textos, uno se siente confundido. ¿Qué está diciendo realmente? ¿Es una descripción adecuada de la decadencia extrema de Occidente? ¿A qué se está refiriendo concretamente? Las respuestas no deben evadirse, sino tratar de encontrarlas en un diálogo profundo con Baudrillard. (Baudrillard, 2009)

Aun después de este ejercicio de comprensión, queda la sensación de que algo se nos escapa y de que el texto sigue riéndose de nosotros en su juego de malabarismos conceptuales difícilmente aprehensibles. En este momento, coloco la hipótesis del síntoma. Más allá de su estructura veritativa, Baudrillard es un síntoma. De golpe, se abre un nuevo espacio de interpretación de su discurso que lleva desde la pregunta por el grado de validez del texto hasta el campo del síntoma.

Ahora la cuestión clave es: ¿de qué es síntoma Baudrillard? Un síntoma no es ni verdadero ni falso. La fiebre, el dolor, la ansiedad únicamente están indicando un malestar de fondo que las provoca. Ciertamente, tenemos que describir con el máximo de fidelidad las características del síntoma antes de buscar sus causas o los fenómenos ocultos que lo están produciendo.

Como en el caso de Baudrillard, frente a discursos filosóficos cuya racionalidad inmediata se nos escapa, abriremos la posibilidad de tratarlos como síntomas de malestares sociales o culturales mucho más escondidos detrás de este tipo de elaboraciones conceptuales.

En segundo lugar, ficciones conceptuales. El terreno de las ficciones literarias o de las artes visuales siempre ha sido un ámbito propicio para la reflexión filosófica. Ahora realicemos la inversión de esta situación. ¿Acaso los textos filosóficos no pueden considerarse como ficciones abstractas? Evitemos pensar en las reflexiones filosóficas que tienen una forma novelada. La cuestión aquí es mucho más radical. Se está afirmando que hay discursos filosóficos que en realidad son ficciones conceptuales.

Tomemos el caso de Deleuze y Guattari en Mil mesetas (Deleuze & Guattari, 1994). Si la lectura se queda únicamente en el plano de la comprensión racional del texto, conduce a un callejón sin salida, incluso a dilemas manifiestos. En el capítulo 4. Postulados de la lingüística se afirma el fin de la representación. Pero esta clausura definitiva del lenguaje como esfera de las significaciones se la hace precisamente utilizando la representación, esto es, una larga disquisición para demostrar su imposibilidad. Entonces, se desemboca en la representación del fin de la representación, lo que claramente es un sinsentido.

He procedido a leerlo como si fuera un capítulo de una novela de ciencia ficción. Existe un mundo en donde sus habitantes no se representan la realidad a través del lenguaje, porque la sola presencia dice todo lo que se tiene que decir, probablemente porque pertenecen a una sola mente y no hace falta un lenguaje con sus significaciones.

De esta manera, el texto incongruente se transforma en una metáfora de los problemas de comunicación por los que la humanidad atraviesa y que se muestra a través de esta ficción conceptual, que no puede tomarse literalmente ni preguntarse por su valor de verdad, sino por su capacidad de expresar metafóricamente lo que sucede en el plano de lo real.

En tercer lugar, sistemas posibilísticos. Algunos textos filosóficos se comportan como sistemas matemáticos o lógicos, cuya referencia a la realidad no es inmediata. Son aparatos abstractos válidos en la medida en que están autocontenidos y funcionan de manera deductiva. Por su parte, la física regresa a mirar a la matemática y se pregunta qué parte, cuál teorema, qué segmento le es útil para expresar los fenómenos que está tratando.

Esta situación es aplicable a libros como el de Alfred North Whitehead, Proceso y realidad. Este no debe tomarse como una ontología que describiría los componentes del mundo y sus procesos, sino como un sistema posibilístico. Una de sus partes podría servir para describir una esfera específica de la realidad. Así, en ciertos casos que cabe especificar con claridad, es válido decir que ser es llegar a ser.

Esta no es una lista exhaustiva, pero será la más útil para la comprensión de algunos textos filosóficos. Me imagino, por ejemplo, cómo leer a Byung-Chul Han, ya que ninguna de las alternativas anteriores daría resultado (Han, 2024). En este caso, se debe encontrar un modo de lectura que esté acorde con el tipo de discurso. Así los escritos de Han pueden tomarse como textos-horóscopo, que pueden ser leídos por cualquier persona en el momento elegido y siempre dirán algo aparentemente pertinente, debido a su nivel de generalidad y ambigüedad. El horóscopo siempre acierta, porque la persona que lee hace que siempre acierte. En cuanto a Heidegger, es inevitable pensar que su escritura es un acto de mala fe, en el sentido sartreano del término. (Sartre, 1993)

Este ejercicio de aplicar diferentes modos de lectura a los textos filosóficos para su adecuada comprensión no es inocente; por el contrario, como señala Simone Weil, al leer también somos leídos, interpretados e interpelados por los discursos de esos otros. La lectura de una obra filosófica, independientemente de la opinión que se tenga de ella, implica la aceptación del diálogo con esa corriente de pensamiento y, a pesar de los esfuerzos por controlarlo, entrar de alguna manera en la lógica de su razonamiento, aunque fuere para contradecirlo. Escribiendo desde este Extremo Occidente desde el que elaboro estos enunciados, el peligro de la esclavitud está presente, porque me veo obligado a interpretarme según el discurso del otro que, en muchos casos, es el discurso del amo.

Leemos, pero también somos leídos por otro. Interferencias entre ambas lecturas. Obligar a alguien a que se lea a sí mismo como le leen los demás (esclavitud). Obligar a los demás a que nos lean como nos leemos a nosotros mismos (conquista). Mecanicismo. La mayoría de las veces, diálogo de sordos. (Weil, 1994, pág. 98)

Además, está la ética de la lectura y la necesidad de ser justos con los textos a los que estamos sometiendo a una particular lectura. Vale nuevamente la frase de Weil:

¿Quién puede jactarse de que va a leer justamente? (Weil, 1994, pág. 98)

Bibliografía

Baudrillard, J. (2009). ¿Por qué todo no ha desaparecido aún? . Buenos Aires: Libros del Zorzal.

Deleuze, G., & Guattari, F. (1994). Mil mesetas . Madrid: Pre-Textos.

Han, B.-C. (2024). La sociedad del cansancio . Barcelona: Herder.

Sartre, J. P. (1993). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.

Weil, S. (1994). La gravedad y la gracia. Madrid: Trotta.

Whitehead, A. N. (1956). Proceso y realidad. Buenos Aires: Losada.