En la tarea de precisar con el máximo de claridad el concepto de
inmanencia, se hace necesario revisar las posiciones de Deleuze y Guattari, que
han sido un referente para la elaboración en diversos campos del conocimiento,
por ejemplo, en los debates de la semiótica, la economía política y la
ontología.
Tomaré el texto ¿Qué es
filosofía?, en el que se desarrolla este concepto y que servirá de base
para otras obras suyas, tal como Mil mesetas.
La tesis crítica que se sostiene
indica las insuficiencias de la propuesta de Deleuze y Guattari, en adelante
DG, al no resolver correctamente las relaciones entre los planos de inmanencia
y sus manifestaciones, lo que provoca el ingreso subrepticio de aquello que
quieren evitar: la trascendencia.
El punto de partida toma a la
filosofía y la convierte en un plano de inmanencia, en el que habitan los
conceptos. Desde el inicio, la cuestión de la inmanencia se vincula a la
infinitud capaz de incluir a todas las nociones filosóficas.
Y sin embargo
resuenan, y la filosofía que los crea presenta siempre un Todo poderoso, no
fragmentado, incluso cuando permanece abierta: Uno-Todo ilimitado, Omnitudo,
que los incluye a todos en un único y mismo plano. Es una mesa, una planicie,
una sección.
El desarrollo de la relación
entre concepto y plano de inmanencia está enmarcado en que ”el problema del
pensamiento es la velocidad infinita, pero ésta necesita un medio que se mueva
en sí mismo infinitamente, el plano, el vacío, el horizonte.
Los conceptos son superficies o volúmenes absolutos, deformes y fragmentarios, mientras que el plano es lo absoluto ilimitado, informe, ni superficie ni volumen, pero siempre fractal… el plano es la máquina abstracta cuyas disposiciones son las piezas. (Deleuze & Guattari, 1993, pág. 40)
Relación entre una infinitud originada en su multiplicidad interminable con la infinitud del plano inmanente, que escapa a cualquier determinación o definición y se aproxima a una teología negativa: absoluto, ilimitado, informe, carente de dimensiones, aunque curiosamente, fractal. Aquí empieza a notarse la irresolución del problema de la inmanencia, cuando aquello que se creía excluido, penetra nuevamente a través de ese plano inmanente definido en términos trascendentes.
Una teología negativa que describe al plano de la inmanencia con tesis que recuerdan las definiciones de Dios en el neoplatonismo: “El plano de inmanencia no es un concepto pensado ni pensable, sino la imagen del pensamiento, la imagen que se da a sí mismo de lo que significa pensar”; esto es formulado en términos de las formas intemporales a través de las cuales Dios se imagina la realidad a través de la Palabra. (Deleuze & Guattari, 1993, pág. 41) Pero, ¿cómo decir algo del plano de la inmanencia si no es pensado ni pensable? Solo podemos quedarnos con la imagen infinita que escapa a la conceptualización; además, con una imagen que el plano de la inmanencia se hace de sí mismo y que no corresponde a ninguna representación expresada en conceptos.
plano (de inmanencia) es por lo tanto objeto de una especificación infinita, que hace que tan sólo parezca ser el Uno-Todo en cada caso especificado por la selección del movimiento. Esta dificultad referida a la naturaleza última del plano de inmanencia sólo puede resolverse progresivamente. (Deleuze & Guattari, 1993, pág. 43)
La infinitud,
como medio en el que se crean y despliegan los conceptos, sufre de procesos de
“especificación infinita” que, en términos neoplatónicos, se denominaría
emanación múltiple, para alcanzar de este modo la finitud de la producción de
los conceptos. Estamos ante una teofanía del plano de la inmanencia.
Siguiendo esta deriva neoplatónica, DG introducen un gesto altamente riesgoso, que se aproxima a la exaltación de la irracionalidad –“escasamente racionales”- y se aproxima a dotar al plano de la inmanencia de una experiencia cuasi mística, por la cual se nos transporta a la embriaguez y el exceso.
Precisamente porque el plano de inmanencia es
prefilosófico, y no funciona ya con conceptos, implica una suerte de
experimentación titubeante, y su trazado recurre a medios escasamente
confesables, escasamente racionales y razonables. Se trata de medios del orden
del sueño, de procesos patológicos, de experiencias esotéricas, de embriaguez o
de excesos. (Deleuze &
Guattari, 1993, pág. 46)
Al modo kantiano, DG describen
los errores en los que cae el pensamiento cuando deja de lado esta concepción
inmanente del quehacer filosófico. Se crean una serie de ilusiones:
trascendencia, universales, eternidad y discursividad.
Hay en primer lugar la ilusión de trascendencia,
que tal vez anteceda a todas las demás (bajo una faceta doble, hacer que la
inmanencia se torne inmanente a algo, y volver a encontrar una trascendencia en
la propia inmanencia). Después la ilusión de los universales… Después está la
ilusión de lo eterno, cuando se olvida que los conceptos tienen que ser
creados. Y finalmente la ilusión de la discursividad cuando se confunden las
proposiciones con los conceptos.
En este momento llegamos al nivel de mayor contradicción del texto y se termina por caer precisamente en lo que está tratando de evitar. En otros términos, el texto queda preso de las ilusiones denunciadas. La inmanencia cede terreno frente a la trascendencia, a pesar de todos los esfuerzos por pensarla en términos de diagramas y del carácter intensivo de los conceptos, cuestiones que serán largamente trabajadas en Mil mesetas, probablemente con la intención de resolver las dificultades planteadas en ¿Qué es la filosofía?
Concebir el plano de la inmanencia como infinito, absoluto, no determinado, objeto de una experiencia excepcional y excluida de la racionalidad y del discurso, deja la puerta abierta a la entrada de la trascendencia. Ilusión de la trascendencia.
Este infinito caótico y fractal, que emana en muchísimos planos, no deja de ser, al final del proceso de encuentro con los conceptos, el medio universal en el que se mueven y a través del cual existen y se comunican. Ilusión de lo universal. El plano de la inmanencia escapa a las determinaciones empíricas, se coloca en la exterioridad de los conceptos, si bien no se le define como eterno, es atemporal, carente de las dimensiones espaciales y temporales, como una especie de forma pura que permite que en ella se den los conceptos, aunque ella misma no es un concepto ni es conceptualizable. Ilusión de la eternidad.
Finalmente, ilusión de la discursividad. Después de todo, aunque sea a través de la teología negativa, DG alcanzan a decir intuitivamente la verdad del plano de la inmanencia, no porque sea pensable, sino porque sentimos su presencia como un éter filosófico modulando el movimiento de los conceptos.
De esta manera, el texto de DG mete a la reflexión filosófica en un callejón sin salida; allí queda estancada la cuestión de la inmanencia y su relación con la trascendencia. En vez de evitar el reingreso a la trascendencia, provoca que esta se convierta en el horizonte que posibilita todo pensamiento.
Bibliografía
Althusser, L. (2002). Para un materialismo
aleatorio. (P. Fernández Liria, Ed.) Madrid: Arena Libros.
Deleuze y Guattari. (2002). Mil mesetas.
Valencia: Pre-Textos.
Deleuze, G., & Guattari, F. (1993). ¿Qué es
la filosofía? Barcelona: Editorial Anagrama.
Fontanille, J. (2015). Formas de vida. Lima:
Fondo Editorial de la Universidad de Lima.
Zinna, A. (2016). El concepto de forma en Hjelmslev.
deSignis, 25, págs. 121-134.

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