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lunes, 1 de junio de 2026

¿CÓMO SER DE IZQUIERDA AHORA? LO POLÍTICO EN BOLÍVAR ECHEVERRÍA

  

Frente a una pregunta se tiene la tentación de responderla rápidamente y así desprenderse de ella. Una vez resuelta, parecería que se retorna a la tranquilidad, ahora que se sabe que la interrogante ha sido contestada y que ya no nos acosará más. Pero, la pregunta de Bolívar Echeverría ¿Ser de izquierda? no se deja aquietar tan fácilmente.

No se puede acudir simplemente a un listado de características que se debería cumplir y con esto bastaría. La pregunta misma implica una toma de posición que es previa a la respuesta. ¿Quién se pregunta qué significa ser de izquierda? ¿Desde qué lugar de enunciación lo hace? ¿En qué contexto político enuncia esta cuestión? Y, sobre todo, la sola aceptación de la validez de la pregunta presupone una toma de posición. Subyace a ella una inquietud que no cesa, un desasosiego quizás por la pérdida de una identidad o por no saber exactamente como resistir al sistema y al orden constituido.

Hace falta detenerse en la pregunta, dejarse cuestionar por ella y que penetre en el interior de los individuos y los sujetos sociales. Allí dentro escarba, remueve, sacude el polvo acumulado de certezas equívocas acerca de lo que significa ser de izquierda; obliga a poner un signo de interrogación en las convicciones aceptadas acerca de la política, las estrategias y el sentido de las organizaciones sociales y políticas.

Desde luego, Bolívar Echeverría da por supuesta la respuesta: ¡Hay que ser de izquierda! Pero ¿qué significa una afirmación de este tipo en un momento en que la humanidad se acerca a la catástrofe? ¿Qué implicaciones sustentan este compromiso con el ser de izquierda? ¿A qué asideros teóricos y prácticas se debe acudir en la búsqueda de una posición coherente?

La posición política que adopta Echeverría está enmarcada en el carácter de la época en la que escribe. El principal evento que cambia el rumbo de la historia es la caída del Muro de Berlín, como colapso final de las sociedades burocráticas y quiebra del proyecto socialista que atravesó el siglo XX. Allí las esperanzas de un futuro mejor y de una alternativa al capitalismo se estrellan y comienza el regreso lento pero ineludible de estas sociedades al capitalismo salvaje. (Echeverría, El sentido del siglo XX, 2011) (Echeverría, Vuelta de siglo (ensayos), 2018)

No es extraño que se viera invadido por una cierta desesperanza, por la decepción de los procesos revolucionarios fracasados, como lo muestra Tinajero (Tinajero, 2011). Comprende que las respuestas tradicionales no son suficientes y si bien mantiene la perspectiva revolucionaria, buscará caminos alternativos para transitar hacia propuestas alternativas que rearticulen la perspectiva de la revolución comunista. (Echeverría, 1989, 2011) Una visión detallada de la vida de Echeverría, que incluye los debates y su participación política tanto en sus años en Alemania como luego en México se puede encontrar en el Gandler, Marxismo crítico en México: Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría. (Gandler, 2007)

La cuestión planteada ¿Ser de izquierda? está enmarcada en su concepción de lo político y su diferencia con la política alienada y represiva del capitalismo. Lo político adquiere preeminencia y es el fundamento de la socialidad humana. Responder al desafío que significa ser de izquierda ahora, atraviesa primero por comprender a cabalidad en qué consiste esa esfera de lo político y de qué manera la resistencia anticapitalista se forma desde las estructuras económicas y no solo como una manifestación superestructural.

1.      Quiebra del Estado, fractura de la política.

 

El punto de partida de Echeverría es el reconocimiento del Estado como el lugar en donde se configura la política: “El estado nacional entrega a la actividad política moderna su escenario o campo de acción específico”. (Echeverría, ¿Ser de izquierda, hoy?, 2011, pág. 252). El sistema de representación estructurado en partidos, elecciones, parlamentos, pertenece por entero a la esfera estatal. Dentro del Estado hacemos política y la institucionalidad burguesa impone a este espacio como el único en donde se puede ejercer la voluntad de los sujetos.

Sin embargo, el estado nacional ha entrado en una fase de crisis profunda, que viene dada por las exigencias del capital, que ya no tiene en este al garante de su reproducción ampliada. El capitalismo quiere quitarse de encima al Estado, en la medida en que lo ve cada vez más como disfuncional. Como dice Echeverría, el capital impugna al Estado: “El estado nacional se encuentra en crisis porque, como pseudosujeto histórico o “sujeto reflejo” que es, se ve y se experimenta ahora desautorizado por el sujeto real, por el capital”. (Echeverría, ¿Ser de izquierda, hoy?, 2011, pág. 253)

La argumentación sigue su curso con toda la fuerza lógica: el estado nacional es el lugar de la política; el estado nacional se encuentra en crisis; por lo tanto, la política pierde el espacio de acción que lo sustenta, que es el Estado. El deterioro acelerado de la política, que viene acumulándose desde hace décadas, proviene de la escisión entre las necesidades del capital y las formas de dominio estatales; en otros términos, la democracia ha dejado de serle útil al capitalismo y ahora exige otro modo de imponer sus designios. En este sentido, la conclusión que se extrae es realmente radical: la política se ha vuelto obsoleta.

Ahora que el tipo nacional de presencia estatal del sujeto-capital se ha vuelto, si no prescindible, sí al menos cuestionable, también la manera que él ha impuesto durante varios siglos de hacerle un lugar a lo político en medio de la vida social, de definir y delimitar lo que es “hacer política”, también su configuración del mundo de la política moderna se ha desgastado y se ha vuelto obsoleta. (Echeverría, ¿Ser de izquierda, hoy?, 2011, pág. 254)

El razonamiento de Echeverría avanza como una aplanadora que no deja nada a salvo. Desde hace un larguísimo tiempo la izquierda actúa en el escenario del estado nacional, se somete a sus condiciones, acepta sus límites y queda atrapada en las condiciones de hacer política que el Estado le impone. Este ha sido el modelo de político predominante.

El desconcierto que atraviesa la izquierda se origina en este desconocimiento de la crisis del Estado. La izquierda no percibe con suficiente claridad que el espacio de acción política en el que actuaba, se encuentra despedazado y ya no es reconocido como válido por el capital. El territorio de batalla se ha trasladado a otro sitio y la izquierda está dando las batallas en un lugar en donde no está la guerra.

La izquierda reproduce en su desconcierto y su inactividad actuales la descomposición del medio en el que solía tradicionalmente adquirir identidad y de las instituciones sociales y políticas del Estado, el mundo de "la política", en la figura en que ha prevalecido durante más de dos siglos. Esa esfera, medio o mundo de la política deriva su consistencia y su figura particulares de la existencia de los Estados nacionales modernos. La descomposición en que la política se encuentra actualmente refleja el cambio radical que ha experimentado el fundamento del Estado moderno a lo largo de la historia del siglo XX. (Echeverría, ¿Ser de izquierda, hoy?, 2011, pág. 251)

En este contexto, ¿qué les sucede a los partidos políticos? La organización partidaria ha sido, y sigue siendo, el modelo de accionar político por excelencia. En último término, son los partidos políticos los portadores de los proyectos de las clases, siempre dentro de las reglas de la institucionalidad burguesa. Precisamente esto es lo que cuestiona Echeverría: si bien los partidos expresaban la voluntad de la burguesía, esto ya no es más así; el poder se ejerce desde el ámbito económico directamente y la soberanía del estado nacional hace rato que está cuestionada.

No es sorprendente que Echeverría llegue a la conclusión de que la izquierda no puede reconstruirse a través de la formación de partidos políticos, sin importar el modelo que este tenga o adopte. No se trata de qué tipo de partido político se considera válido para actuar contra el capital, sino que la forma partido político ya no es más eficaz para los propósitos de la revolución comunista y la emancipación.

Si el escenario nacional estatal de la política moderna —el escenario propio de la actividad política de los ciudadanos y los partidos— se ha descompuesto debido a que ha sido desautorizado por el capital como lugar privilegiado de la traducción y hermenéutica de su “voluntad”, y a que la actividad política que se desarrollaba en él ha mostrado así la limitación de la soberanía o capacidad de decisión que pretendía tener, ¿no resulta extemporáneo que una reconstrucción de la izquierda se piense bajo la forma de la construcción de un partido político de izquierda? (Echeverría, ¿Ser de izquierda, hoy?, 2011, pág. 255)

La exigencia de otras formas de organización distintas de los partidos políticos resulta la conclusión obligada. Aquí se postula la necesidad de inventar esas formas alternativas que luchen contra el capitalismo, aunque nunca se llega a mencionar de qué tipo serían las nuevas organizaciones, ni tampoco se señala con claridad cuáles serían sus espacios de acción, debido a que el espacio estatal de la política ha entrado en crisis.

¿No es tiempo de imaginar otras formas de organización y de acción, que sean capaces de recoger y armonizar —como decía Marx que debían hacer los comunistas— lo más posible de las innumerables formas extra “políticas” de presencia que tiene lo político anticapitalista en la sociedad actual? (Echeverría, ¿Ser de izquierda, hoy?, 2011, pág. 255)

Las premisas que sustentan el razonamiento y el posicionamiento político de Bolívar Echeverría se topan con la fea realidad: los estados nacionales regresan con fuerza impulsados por los nacionalismos de la ultraderecha y se convierten en el lugar de las disputas interimperialistas, los partidos políticos siguen dominando la política convertidos en aparatos que movilizan grandes masas inconformes que no encuentran salida ni en el sistema ni fuera de él, los discursos antisistema de la ultra derecha le sirven para apropiarse del sistema, la institucionalidad democrática se cae a pedazos y los derechos conquistados con luchas largas y dolorosas desaparecen en un instante.

En este panorama, ¿se sostienen las tesis de Echeverría? ¿La búsqueda de formas de organización política que sean alternativas a los partidos políticos ha dado resultado? ¿Se ha impuesto lo político a la política? Paradójicamente, se tiene que reconocer que el espacio político estatal como lugar en donde se hace la política, se ha deteriorado casi hasta perder su significado. Además, hace rato que es evidente la insuficiencia de las luchas dentro del sistema estatal. Sin embargo, en este momento de retroceso de la resistencia contra el capital, los trabajadores no tienen la capacidad de elegir el territorio de lucha, que finalmente es impuesto por el capital.

 

2.      Nación natural.

 

Sin lugar a duda, la parte más creativa de la teoría política de Echeverría se articula en torno a lo que denomina nación natural, ciertamente utilizando una terminología inesperada. Parte de un cuestionamiento radical a la división entre sociedad civil y sociedad política, que adquiere su estatus definitivo en Hegel. Detrás de esta concepción subyace la idea de que la única modernidad posible es la capitalista.

Rastrea el origen de la política mucho antes de su constitución en sociedad política alienada a través del proceso de producción capitalista, en ese momento en que pareciera que es puramente económico, se encuentra la política. Desde el inicio, el capitalismo es una acción política que somete a la vida social a la represión y enajenación. La extracción de la plusvalía y su apropiación por parte de la burguesía no solo son fenómenos económicos, sino radicalmente políticos.

Si tomamos, como creo que debe hacerse, esta “ley general de la acumulación capitalista” como el texto que resume de manera más adecuada el sentido global de la crítica de la economía política, podemos decir, entonces, que, para Marx, el modo capitalista de la reproducción social se basa en algo que podríamos llamar: represión y enajenación fundamental de lo político. me explico: para Marx, lo político no es una característica entre otras de la vida social sino el carácter específico o constitutivo de la misma. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 73)

De tal manera que toda vida social es inmediatamente política, porque esta última no le sobreviene como un elemento que viene después o como una consecuencia posterior que pone los medios para la reproducción ampliada del capital. La ley de acumulación capitalista significa la alienación de lo político que, más tarde, se convertirá en la política actuando en el escenario del estado nación a través de sus formas tan conocidas.

Si el capital desde sus fundamentos aliena a lo político, ¿Qué se esconde detrás de esta alienación? ¿Qué es lo que ha sido reprimido? Lo político para Echeverría “consiste en esa necesidad esencial de cada hombre de vivir en polis o en sociedad con otros” (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 73). En este sentido, las sociedades son simultáneamente civiles y políticas desde su origen y cada momento de su desarrollo. La política se convierte en la esencia de la vida social. Esta politicidad primera y fundamental es la que el capital subsume bajo su sistema de explotación.

¿En qué consiste lo político como aspecto constitutivo de la vida social? ¿De dónde emerge y por qué se lo encuentra en todo proceso social y en cualquier sociedad? La formación de lo político se da cuando el sujeto social no solamente se reproduce a través del metabolismo con la naturaleza, sino que elige “autorrealizarse en una forma social elegida o proyectada por él”, proyectándose más allá de los condicionamientos naturales, de tal manera que  “son realizaciones de fines del propio sujeto o cumplimientos de propósitos adecuados a su proyecto de autorrealización”. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 74)

En el proceso de producción social, el proceso natural de reproducción se encuentra duplicado por un proceso que lo acompaña y que es precisamente al que podemos denominar proceso de reproducción político. al trabajar y disfrutar, al producir transformaciones con valor de uso o consumir bienes producidos, el sujeto social simultáneamente prefigura y efectúa una determinada forma de la socialidad, define la identidad de su polis, como sociedad concreta. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 74)

Echeverría descubre un doble proceso de producción: por una parte, están los valores de uso por medio de los cuales producimos objetos, de cualquier tipo que sean, que satisfacen necesidades; por otra parte, se tiene el proceso de reproducción político, que se da porque en el momento en el que se trabaja, y esto siempre es un hecho social, proyectamos la sociedad en la que queremos habitar y construir un mundo propio para la colectividad. El proceso de producción es, al mismo tiempo, producción de un tipo de sociedad.

Con estos elementos, Echeverría define lo político:

Esta capacidad de sintetizar o totalizar la forma de su vida social sería lo político básico o la politicidad fundamental del sujeto social. Y ésta sería, entonces, justamente, la capacidad que está siendo necesariamente reprimida y enajenada por el modo capitalista de la reproducción social. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 74)

En otros términos, lo político deja de ser la superestructura que la economía expulsa y a través de la cual los intereses de una minoría se convierten, mediante la represión y la alienación, en la falsa voluntad de todos, y se transforma en la constitución de una esfera inherente a la vida social, surgida en cada instante en donde un sujeto social prefigura una socialidad, en la que se autorrealizará colectiva e individualmente. De este modo, no existe sociedad civil que no sea de manera inmediata política, porque junto con el metabolismo con la naturaleza, los sujetos sociales colocan sus propios fines, imaginan y construyen la sociedad en la que quieren vivir.

Esta socialidad básica queda truncada en su realización plena. La imposición de la valorización del valor como única finalidad social en el capitalismo, enajena lo político e impide que los sujetos sociales diseñen sus propias sociedades libres de explotación. Sin embargo, la dominación económica y política jamás son completas ni logran supeditar exhaustivamente a la vida política que subyace detrás de cada sujeto social. La resistencia contra el capital, en forma de anticapitalismo espontáneo y todavía elemental, se hace y rehace constantemente. Lo político no puede ser abolido por la política del capital.

Podría decirse, inclusive, que la politicidad de la mercancía capital se constituye en una lucha constante por reprimir la resistencia anticapitalista espontánea del sujeto —que se regenera una y otra vez desde focos muy diferentes—, puesto que es a partir de esa resistencia que el sujeto puede aprovechar las posibilidades históricas de volverse revolucionario, es decir, de reasumir su propia politicidad básica. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 83)

 

El espíritu revolucionario de los trabajadores existe, embrionariamente, desde su constitución como clase en la esfera económica. El hecho de que el obrero resista a la imposición del capital y, aunque sea de manera confusa y difícil, se proponga ejercer esta resistencia, a más de poner metas a su propia existencia, significa la conformación del primer nivel de politicidad, que subyace a todos los demás como su verdad y fundamento. La revolución está incluida desde el mismo momento en que se forma la mercancía y el dinero se coloca como la finalidad de la humanidad.

Echeverria sigue excavando, como el topo del materialismo histórico, hasta encontrar las explicaciones subyacentes a esta capacidad de resistencia al capital, a este anticapitalismo natural dado en las relaciones sociales de producción:

… ¿de dónde proviene, en el sujeto social, la posibilidad de resistirse a la enajenación de su politicidad? Y también es ineludible lo polémico de la respuesta: proviene de la concreción histórico-cultural del sujeto social, de lo que tenemos que llamar su “nacionalidad natural”. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, págs. 83-84)

La nación natural, que se opone al estado nación moderno, es la esfera en la se constituye la socialidad cuando logra emanciparse del dominio del capital; esto es, la política de la sociedad política, como parte del Estado burgués, regresa a su base, lo político. El espíritu anticapitalista de la resistencia contra la explotación capitalista, en el núcleo mismo del proceso de producción, para poder existir efectivamente tiene que realizarse históricamente. Así como el capital termina por dotarse de un modo de producción y una formación social correspondiente, de la misma manera, lo político liberado de la opresión dota al trabajador de una nacionalidad natural:

La resistencia del sujeto social al mecanismo que enajena su politicidad no existiría efectivamente, si no hubiera esta tendencia anti-capitalista de las fuerzas y capacidades de producción y consumo; es gracias a ésta que la resistencia del sujeto, precisamente al adquirir corporeidad histórico concreta, convierte al sujeto social en un sujeto dotado de “nacionalidad natural”. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, págs. 84-85)

La nación natural es el sujeto social por excelencia, aquel que resiste a la colonización de lo político por parte del capitalismo; más aún, está en la base de todas las socialidades históricamente dadas. En otros momentos, Echeverría acude al término sociedad natural que, a mi parecer, expresa de mejor manera, el ser social que se ubica por fuera del capitalismo y de la reificación de lo político; esta noción se encuentra en la Tesis 5 de Modernidad y capitalismo (Echeverría, Las ilusiones de la modernidad, 2001, pág. 167). En el caso de las sociedades capitalistas, el Estado es la nación natural alienada, esto es, atrapada en la lógica de la valorización del capital.

La “nación natural” es la sustancia que, invertida, adquiere la forma de nación de Estado. Es por ello que todo lo que es fluidez, inestabilidad, conflicto, autonegación, en la nación real, se transfigura en rigidez, permanencia. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 87)

Los mecanismos de represión de la nación natural nunca son completos; siempre quedan resquicios, fracturas y escisiones por donde fluyen las resistencias y se expresa, provisional y confusamente, la socialidad no alienada, como lugar de expresión del valor de uso y de los proyectos de realización de los sujetos sociales y de los individuos.

Aunque Echeverría no lo menciona, la interpretación que se le puede dar a la nación o socialidad natural está emparentada con la superación de la distinción entre naturaleza y cultura. La socialidad natural vendría a ser aquella que emerge del metabolismo con la naturaleza y que se sustenta en la armonía con esta y en el ejercicio de la libertad de los sujetos sociales e individuos. Más que haber una oposición entre estos dos términos, existe una continuidad. En este sentido, estas reflexiones se aproximan a la redefinición de la relación entre naturaleza y cultura, sostenida por Eduardo Viveiros de Castro y Philippe Descola. (Viveiros de Castro, 2009) (Descola, 2012)

Una política de izquierda consiste en la capacidad de reconocer, potenciar y organizar el movimiento anticapitalista espontáneo y que no ha podido ser integrado al mercado. Se trata de descubrir lo político que emerge de las profundidades del capital, antes de que sea alienada por la maquinaria política del estado nación. En todo proceso social, incluso en aquellos momentos de profunda derrota, se encuentran resistencias espontáneas que no son controladas por el poder y que deben servir de base para la construcción de esa nación natural como una modernidad alternativa no capitalista.

… justamente en aquellas regiones o en aquellos momentos del comportamiento social espontáneo anticapitalista que no se encuentran convertidos en comportamientos automáticamente procapitalistas por la supraestructura política e ideológica; que han dejado de ser, que aún no han sido o que simplemente no pueden ser integrados en la politicidad cósica de la mercancía-capital. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 85)

En su libro Valor de uso y utopía, Echeverría dotará de sustento a esta socialidad llamada nación natural, elaborando una economía política del valor de uso, como alternativa al modo de producción capitalista; de allí proviene el nombre de natural, en cuanto no se produce la ruptura entre el valor de uso y el valor, y tampoco se da la escisión entre la naturaleza y el trabajo. Por esto, el concepto de natural significa en Echeverría, el modelo de producción y de sociedad que no ha quedado alienada por el capitalismo y que se levanta sobre los sujetos sociales libres desplegando un proyecto de autorrealización colectivo e individual. (Echeverría, Valor de uso y utopía, 1998)

Siguiendo el desarrollo de su pensamiento, que alcanzará su plena expresión en el Ethos barroco, Echeverría vincula la constitución de la nación natural con la revolución cultural, como el lugar en donde las resistencias contra el capital y la lucha contra la alienación se realizan. No se trata de un giro culturalista, tan típico de algunas corrientes en Latinoamérica, especialmente de las orientaciones decoloniales, sino de la plena articulación entre lo político y lo cultural.

Pero creo que el planteamiento del problema de la cosificación de lo político como fenómeno ideológico nos debe llevar a abordar la cuestión que lo engloba y le da sentido (y que en este momento únicamente podemos mencionar): la cuestión de la revolución cultural. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 89)

La batalla contra el secuestro de lo político por parte del capitalismo se da, para Echeverría, de manera primordial en la esfera de lo cultural, sin que esto suponga dejar de lado lo político. La confrontación cultural es la manifestación de lo político, o, si se prefiere, la lucha política por otros medios y no la abolición de lo político como se ve en los giros culturales. No hay una función de reemplazo, porque la desalienación de lo político y la revolución cultural significan lo mismo.

La revolución cultural, en cuanto expresión de la resistencia anticapitalista, ocupa el espacio semiótico con la disputa de los sentidos de las prácticas culturales (Oliva Mendoza, 2013). Quizás acercándose a lo nacional popular, esta tesis postula la construcción de un código cultural histórico-concreto, esto es, un sistema de significaciones y expresiones culturales que se posicionan respecto de los procesos de alienación y dan respuestas que siempre son ambiguas. El ejemplo paradigmático al que apunta en muchas ocasiones es el de la Virgen de Guadalupe y su función, al mismo tiempo, como mecanismos de alienación y de resistencia.

La “nación natural”, como resistencia anti-capitalista del conjunto del sujeto social —con sus orígenes pre- y pos-capitalistas—, genera determinadas formas, internamente contradictorias, de realización del código cultural histórico-concreto mediante el cual trabaja y disfruta en la rutina y en la fiesta de su tiempo cotidiano. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 89)

La vida cultural de la nación es un territorio de batalla por los sentidos del mundo, que se da de manera constante y en todos los espacios sociales; allí el código cultural de la nación natural resiste a los embates del capitalismo y la mercancía, y trata de sobrevivir frente a la imposición de los códigos culturales hegemónicos que intentan refuncionalizarla, esto es, ponerle al servicio de la valorización del valor:

Su práctica y su reflexión, que son siempre comunicación, ciframiento y desciframiento de significaciones, llevan consigo en todos los casos no sólo el cumplimiento de un código cultural específico sino también una vitalidad, una transformación conflictiva del mismo. Es esta vida cultural, práctica y discursiva de la “nación natural” la que está siendo refuncionalizada por la política estatalista y su construcción de la nación de la mercancía-capital. Y es en el análisis de esta refuncionalización de la cultura nacional natural, y de las posibilidades de una revolución cultural contra tal refuncionalización, donde habría que buscar la respuesta para el problema ideológico que mencionas. (Echeverría, Cuestionario sobre lo político (Conversación con Luis Corral y José Ron), 2011, pág. 89)

Una semiótica de la revolución asentada sobre la comprensión del proceso de producción como un fenómeno que es al mismo tiempo económico y semiótico. Cuando se producen mercancías y estas circulan a través del dinero como equivalente general, también se están produciendo significaciones y sentidos que son apropiados y trasmitidos de diversas maneras por las clases implicadas. El campo de batalla económico está poblado de confrontaciones de sentido, ciframientos y desciframientos. La revolución social siempre es simultáneamente revolución cultural.

Sobre la base de este esquema ontológico, Echeverría se basa críticamente en conceptos de la teoría semiótica y la lingüística estructural para argumentar la identidad entre la producción/consumo de objetos prácticos y la producción/consumo de significaciones (concebidas como una dualidad más que como un dualismo). Para él, todo objeto práctico es al mismo tiempo un objeto significativo, precisamente por su 'transnaturalización' – su situación dentro de un proceso de reproducción políticamente y culturalmente, más que meramente 'animal', — una situación carente de cualquier correspondencia garantizada entre el momento de la producción del objeto y el de su consumo. (Sáenz de Sicilia & Brito Rojas, 2014, pág. 21)

Esta identidad de economía y lenguaje no debe ser entendida como una reducción de la producción a producción de significados. Se mantiene la producción y consumo de mercancías, pero lo que no siempre está visible, es que, al ser un conjunto de relaciones sociales, debe estar mediado necesariamente por el lenguaje; de allí, la necesidad de una semiótica revolucionaria. En este aspecto se diferencia claramente de elaboraciones como las de Baudrillard. (Baudrillard, 1969)

 

3.      La revolución comunista como horizonte del ser de izquierda.

 

En el artículo A la izquierda, Echeverría plantea de manera explícita lo que entiende por ser de izquierda. (Echeverría, A la izquierda, 2011) Comienza con una crítica a Habermas, quien planteaba el abandono de la perspectiva revolucionaria en favor de una estrategia reformista. Pero, esta posición es inaceptable, porque significa el abandono del núcleo del materialismo histórico y de las posturas anticapitalistas.

Echeverría le da la vuelta al planteamiento de Habermas y extrae la consecuencia opuesta: “¿Despejarse la cabeza de ilusiones revolucionarias absolutistas tiene que significar para la izquierda un abandono de su orientación revolucionaria? ¿O puede ser, por el contrario, una oportunidad de precisar y enriquecer su concepto de revolución?” (Echeverría, A la izquierda, 2011, pág. 100) Por lo tanto, se trata de repensar la revolución y de situarla en las nuevas condiciones de lucha, después del fracaso de las revoluciones socialistas.

La idea de revolución persiste, ya que es el instrumento que mejor expresa la quiebra de un sistema social y su reemplazo por otro, la caducidad del presente y la exigencia de un futuro distinto: “Como concepto propio de este discurso, la idea de revolución pertenece a un conjunto de categorías descriptivas de la dinámica histórica efectiva; se refiere, en particular, a una modalidad del proceso de transición que lleva de un estado de cosas dado a otro que lo sucede.” (Echeverría, A la izquierda, 2011, pág. 102)

En este momento histórico, la humanidad está ante la disyuntiva de la reacción o la revolución, del triunfo de las fuerzas conservadoras y reaccionarias, o la posibilidad de un futuro alternativo, por fuera del capitalismo, revolucionario, a pesar de que en este momento se nos presente como utópico. Las palabras de Echeverría resultan proféticas, aunque él no pudo imaginar la situación histórica presente, caracterizada por el ascenso del fascismo y la ultraderecha, que describe de manera muy clara:

En un segundo sentido, completamente opuesto al primero, el buen éxito de la reacción de la forma frente a la inconformidad de la substancia, es decir, el triunfo del “estado de cosas” imperante sobre las “cosas” mismas, se presenta como una época de reafirmación exagerada del orden social establecido y de destrucción sistemática del cuerpo social; un tiempo que, cuando no “sangra” de manera lenta e individualizada sus energías históricas, las sacrifica abrupta y masivamente. (Echeverría, A la izquierda, 2011, pág. 104)

Esta destrucción sistemática del cuerpo social ataca la democracia, incluyendo las instituciones y mecanismos que la estructuran, imponiendo como norma, un permanente estado de excepción. Los derechos básicos son desmantelados y la violencia internacional y nacional impera sin límite. Es el momento del sacrificio abrupto y masivo del nuevo enemigo construido, que es el migrante, el otro y el diferente.

Lo que se veía como posibilidad, ahora se ha hecho realidad; las fuerzas reaccionarias han tomado el poder, la izquierda o retrocede o desaparece, los espacios de oposición se cierran y aquellos que quieren resistir, son perseguidos o asesinados.

Esta vía de transición —en la que el futuro es sometido y devorado por el pasado— es la vía retrógrada o reaccionaria que puede seguir la historia en sus procesos de transición. Retrógrada o reaccionaria es, en consecuencia, la actitud ético-política que se deja amedrentar por esta respuesta prepotente del establishment y que se identifica con ella. (Echeverría, A la izquierda, 2011, pág. 104)

Sin embargo, Echeverría no se abandona al pesimismo o la desesperación. Se mantiene firmemente afincado en la constatación de la resistencia y en la posibilidad real de subversión y sustitución. Contra el derrotismo o el reformismo, reafirma la condición ética-política del compromiso revolucionario; además, no se produce una separación de lo político respecto de lo ético ni una negación de lo político para quedarse exclusivamente en una postura ética, sino que se funden los dos aspectos en un solo movimiento: lo ético-político, así unido con un guion para resaltar su inseparabilidad.

… se crean formas alternativas que comienzan a competir abiertamente con la establecida; se prefiguran, diseñan y ponen en práctica nuevos modos de comportamiento económico y de convivencia social. Esta vía de salida, que pasa por una subversión (Um-wälzung) destinada a sustituir (Ersetzung) y no sólo a remozar el “estado de cosas” prevaleciente, es la solución a la exigencia histórica de transición que constituye el fundamento de la posición ético-política revolucionaria.” (Echeverría, A la izquierda, 2011, pág. 105)

Echeverría adopta una posición, a mi entender plenamente válida, de la relación entre reforma y revolución. Si bien las reformas son indispensables en la transición hacia el socialismo y tienen que ser consideradas en cualquier estrategia revolucionaria, carecen de sentido y en último término, de eficacia, a menos que se vinculen a la revolución, a pesar del carácter utópica de esta por el tiempo profundamente reaccionario que atraviesa la humanidad.

“Las metas propiamente reformistas ocupan con su actualidad indudable todo el primer plano de las preocupaciones políticas de la izquierda actuante y realista. Pero el discurso de izquierda haría un voto de pobreza autodestructivo si decidiera permanecer exclusivamente dentro de los límites de ese primer plano. No puede desentenderse del hecho de que, en un segundo plano, de menor nitidez, hay también metas políticas que sólo son perceptibles en la perspectiva de una modalidad revolucionaria de la transición histórica en la que está empeñada actualmente la sociedad. Metas que son urgentes, es decir, que tienen una necesidad real y no ilusoria, pero que son utópicas porque resultan inoportunas en lo que respecta a la posibilidad de su realización inmediata.” (Echeverría, A la izquierda, 2011, pág. 107)

Juanes analiza este punto con toda la pertinencia que tiene en Echeverría: “Bolívar distingue, faltaba más, entre reformas promovidas por la izquierda que pudieran contribuir a atenuar la explotación y el desamparo de las mayorías, y las “reformas alentadas” desde el poder, dirigidas a reforzar, perpetuar y optimizar la ley de hierro de la acumulación de capital”. (Juanes, 2015, págs. 3-4)

E insiste en las consecuencias desastrosas que provoca el hecho de quedarse únicamente en las reformas, con la falsa esperanza de que el sistema capitalista puede ser arreglado de alguna manera, a través de arrancarle pequeñas condiciones que hagan menos pesada la explotación de los trabajadores, por esto, solo se puede entender la reforma como una parte no separada del proyecto revolucionario:” cualquier enfrentamiento parcial al modo de producción capitalista debe ser comprendido como un momento encaminado al logro del socialismo estricto”. (Juanes, 2015, págs. 3-4)

Todas estas consideraciones llevan a sostener que ser de izquierda tiene que ver con el tránsito desde la política a lo político; esto es, la ampliación del sentido de la política, que permita superar el entrampamiento dentro del Estado y de la reproducción ampliada del capital y su sociedad. La política, incluso cuando se la practica de manera radical, no está en capacidad de rebasar el escenario en el que actúa, que es el estado nacional.

Para hacerle frente a un sistema instaurado en el dominio de la naturaleza y de los trabajadores, la barbarie y la uniformidad de almas y cuerpos, Bolívar traza una frontera sumamente sutil entre lo político y la política. Por política identifica, en esencia, el conjunto de prácticas partidarias limitadas a reformar el sistema, sin poner nunca en jaque el núcleo que vertebra el capital. (Juanes, 2015, págs. 3-4)

En cambio, lo político viene a ser el modo propio de existencia del sujeto social de izquierda, revolucionario, que se proyecta hacia el futuro, desde la perspectiva de la autorrealización colectiva e individual, iluminada por la libertad.

El problema de lo político estriba, así, en lo siguiente: ¿Cómo fundamentar una legitimidad histórica revolucionaria que le permita a la subjetividad insurgente ser la protagonista de la historia? ¿Qué hacer para lograr una organización histórico-política en donde los individuos libres definan el sentido que quieren darles a sus vidas de acuerdo con finalidades libremente elegidas? ¿Por dónde empezar? (Juanes, 2015, pág. 5)

Este recorrido sobre lo político y el significado de ser de izquierda en Bolívar Echeverría, indica que no hay respuestas fáciles ni simples a esta cuestión. El carácter profundamente reaccionario de la época en que la humanidad está inmersa, vuelve aún más difícil encontrar un camino no solo correcto, sino viable y eficaz para la transformación anticapitalista de la sociedad.

Aun estando es desacuerdo con la negación de la política como campo de acción válido para resistir al capital y al poder que lo acompaña, la ampliación de una visión y práctica reductivas y que se quedan en el espacio del estado nación, es un componente indispensable de cualquier estrategia de la revolución comunista.

Valdría decir que se trata de combinar apropiadamente la intervención en el campo de la política, siempre ubicados en el mundo de lo político; esto es, la comprensión de que las luchas en el escenario estatal solo tienen sentido si están orientadas hacia la superación y reemplazo de la sociedad capitalista. Y, en este contexto, saber que la revolución comunista es al mismo tiempo revolución cultural y batalla por las significaciones y los sentidos colectivos e individuales.

 

 

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