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jueves, 20 de agosto de 2026

FICCIONES FILOSÓFICAS

 

 

La estructura disciplinaria del conocimiento se mantiene a pesar de los numerosos intentos por cuestionarla y superarla. Las áreas del conocimiento todavía son compartimentos estancos y cuando aparecen tendencias que cruzan las disciplinas, en vez de surgir espacios transdisciplinarios, terminan por formarse nuevos campos científicos. Spivak describe bien esta dinámica disciplinaria, ejemplificando la influencia de la geopolítica en la constitución de estas áreas del conocimiento. (Spivak, 2009)

 Esta separación entre saberes también es típica de la compartimentación entre ficción y filosofía, que tendemos a separarlas de manera radical. Se tiene claro cuándo se está viendo una película o leyendo una novela y cuándo estamos ante un texto que es filosófico. De hecho, en la práctica es muy difícil de confundirlas; más aún, las políticas editoriales señalan de manera explícita ante qué tipo de texto se enfrenta el lector.

 Los entrecruzamientos entre los dos campos se producen con la condición de establecer las diferencias con el máximo de nitidez. Así, se puede interpretar de manera filosófica una novela como El hombre sin atributos de Musil o analizar en este mismo sentido una película como Matrix. Igualmente, la valoración literaria de un texto filosófico se hace a menudo, como es el caso de Nietzsche. Las lecturas cruzadas no borran los límites entre estos campos, sino que más bien los refuerzan. Tampoco se trata del caso en el que se recurre a narraciones ficcionales para elaborar un discurso filosófico, generalmente con intenciones pedagógicas.

 Sin embargo, en el campo de la filosofía, el establecimiento del tipo de discurso que contiene una determinada obra es mucho más difícil. Introduzco en este momento la noción de ficción filosófica, con la finalidad de nombrar un tipo especial de discursos que se elaboran en el mundo filosófico. Estas ficciones filosóficas se caracterizan por crear y utilizar un lenguaje filosófico, muchas veces de manera muy rigurosa, pero que sus principales enunciados no hacen referencia a la realidad social o a los mundos efectivamente existentes, sino que más bien son compatibles con mundos imaginarios. En este sentido, son, estrictamente hablando, ficciones que se presentan y pretenden ser discursos filosóficos.

 El discernimiento de los planos ficcionales de algunas filosofías se torna aún más complejo, debido a que dentro de una misma obra pueden coexistir segmentos ficcionales como partes estrictamente filosóficas; un mismo autor es capaz de escribir una obra filosófica y otra que cae dentro de la ficción filosófica. En la mayoría de los casos, se da una condición híbrida; esto es, la superposición de enunciados filosóficos junto con textos ficcionales. Se necesita de un análisis detenido y minucioso para establecer qué obras o qué fragmentos caen dentro de este tipo de ficción.

 Estas ficciones filosóficas no están sujetas a un análisis de su contenido de verdad. Cuando se presenta una frase como “El rey de Francia es calvo”, no puede determinarse su valor de verdad porque no hay rey de Francia; pero podemos imaginar una película que inventa una situación en donde hay un rey de Francia y en este caso, es posible decir que es verdadero o falso el enunciado dependiendo de si en la película el rey es o no es calvo. La lectura que se haga de las ficciones filosóficas no está sometida al escrutinio de su valor de verdad; sino que se dirige a interrogar por el mundo imaginario en donde dichos discursos se profieren.

 La importancia de este análisis radica en que utilizamos esas ficcionales filosóficas como verdaderas filosofías y con ellas se construyen interpretaciones de la realidad, que conducen a determinados modos de actuar dentro de la sociedad, sin que los actores sociales se den cuenta de que aquello que ilumina su práctica es una ficción bastante parecida a una novela.

 Para comprender a cabalidad lo que es una ficción filosófica, vale la pena aproximarse a un caso paradigmático, como es Mil mesetas de Deleuze y Guattari. Las lecturas de esta obra han proliferado sin parar; sus conceptos se han aplicado a los más diversos campos del saber. Ser deleuziano se convirtió en una moda. ¿Quién no devino seguidor de Deleuze? Sin embargo, muestra síntomas de agotamiento. Los fenómenos actuales escapan de su matriz teórica y se percibe la ambigüedad política de sus planteamientos. Además, grandes transformaciones, como las tecnológicas, que vivimos ahora, quedan sin ser explicadas. (Deleuze y Guattari, 2002)

 Introduzco una hipótesis sobre Mil mesetas: esta obra es una ficción filosófica y entra dentro del campo de la narración ficcional. Tal vez se aproxima a una novela de ciencia ficción, aunque con un formato de discurso teórico. Si este es el caso, entonces la pregunta por la verdad del texto, como imagen adecuada del mundo, ya no será pertinente.

Dentro de esta obra, el Capítulo 4, 20 de noviembre de 1923 Postulados de la lingüística, expresa de manera bastante visible la pertenencia al campo del texto ficcional. Una primera guía, no aplicable en todos los casos, pero que en este resulta particularmente útil, consiste en averiguar si las tesis planteadas en el capítulo son aplicables al discurso en cuestión.

La tesis central del capítulo 4 sostiene que la función fundamental del lenguaje es la emisión de órdenes que deben ser obedecidas y que se expresan mediante consignas: “El lenguaje ni siquiera está hecho para que se crea en él, sino para obedecer y hacer que se obedezca”. (Deleuze y Guattari, 2002, pág. 81) Así, el lenguaje no informa ni comunica, sino que emite órdenes.

Si se aplica esta tesis fuerte al propio capítulo 4, volviendo la consigna contra sí misma, entonces la cuestión que emerge en toda su radicalidad se expresa de la siguiente manera: al leer la serie de aparentes argumentaciones contenida en el texto, se las debe tratar no como enunciados que informan y comunican determinados contenidos, sino como órdenes. Por lo tanto, hay que preguntar por las órdenes que el capítulo 4 está emitiendo y que los lectores acatan o rechazan.

Pero, si esto es cierto, entonces el capítulo entero no dice nada, no afirma lo que creemos que está sosteniendo; por el contrario, es preciso embarcarse en el descubrimiento de los mandatos que se exige que se cumplan. En el caso contrario, si decimos que los enunciados el capítulo 4 efectivamente son enunciados informativos de las tesis sostenidas por Deleuze y Guattari, entonces hay una contradicción con el texto, porque este discurso de Mil mesetas escapa a la definición de que el lenguaje es primordialmente una consigna para ejecutarse.

 Si se considera el texto del capítulo 4 como estrictamente filosófico, se tendría que realizar un debate a fondo sobre las funciones del lenguaje y la imposibilidad de reducirlas a su función perlocutoria. Pero, de este modo se cae en la trampa, porque independientemente de las argumentaciones a favor o en contra, el estatuto de discurso filosófico se mantiene.

Al introducir la hipótesis que considera el texto en cuestión la categoría de ficción filosófica, se produce un desplazamiento significativo, que conduce a otro tipo de situaciones, especialmente porque se abandona el espacio de lo veritativo. De esta manera, se coloca el discurso del capítulo 4 en el mismo nivel que la frase “El rey de Francia es calvo”, que al carecer de referente deja de ser verdadero o falso.

El estatuto de la frase “El lenguaje ni siquiera está hecho para que se crea en él, sino para obedecer y hacer que se obedezca.”, lleva a que se traslade su discusión del plano de los enunciados filosóficos a las proposiciones ficcionales. Ya no se trata de indagar por su valor de verdad, sino, en primer lugar, en qué condiciones se podría proferir esta frase, en qué condiciones se la podría usar de manera apropiada, como señalaría Wittgenstein.

Siguiendo a Umberto Eco, especialmente en Lector in fabula (Eco, 1981), se exige la construcción de un mundo posible en donde efectivamente la función fundamental del lenguaje sea la de transmitir órdenes. Acometamos esta tarea, imaginemos un mundo en el que la función primordial del lenguaje fuera la emisión de órdenes.

El capitán Picard, a bordo de la nave Enterprise, llega a Kepler-452b, una especie de súper Tierra, ubicado en la constelación de Cygnus. Al desembarcar con su tripulación y encontrarse con los habitantes del planeta, una mujer ataviada de manera elegante y con muchísimos adornos, dice:

Nuestro planeta tiene tres soles y orbita cada uno de ellos cada 36 días.

Aquí, desde luego, desde la perspectiva ficcional existe un traductor universal que les permite comunicarse inmediatamente. El capitán Picard responde:

Venimos del planeta Tierra, ubicado en el Sistema Solar en la Vía Láctea.

Inmediatamente se produce una confusión. Una jaula electrónica encierra a los tripulantes del Enterprise, que no entienden qué sucede. Los habitantes de Kepler-452b gritan, se increpan y las cosas están a punto de tornarse violentas. En ese momento, la Picard ordena poner todas las armas en el suelo, desactivarlas y se inclinan respetuosos ante los habitantes de Kepler. El estruendo cesa, los keplerianos sonríen. Desaparece la jaula electrónica.

No es este el lugar para extenderse sobre la historia de este mundo; es suficiente con mencionar que el capitán Picard ha descubierto que la frase “Nuestro planeta tiene tres soles y orbita cada uno de ellos cada 36 días” no tiene un carácter informativo, sino que es un mandato o una consigna. Significa: “Deben desarmarse y mostrar respeto por nuestro planeta y sus habitantes”. Finalmente, la tripulación del Enterprise aprende un lenguaje formado por órdenes.

Se podría seguir en la reconstrucción del mundo posible que sea compatible con la ficción filosófica construida por Deleuze y Guattari, hasta tener una historia completa, aunque esta tarea no se realizará en este momento. El objetivo ha sido mostrar en este ejemplo puntual el funcionamiento de la ficción filosófica y cómo permite una mejor aprehensión del texto.

Lejos de ser un ejercicio puramente académico, la dilucidación de la ficción filosófica de un mundo en donde el lenguaje consiste en dar órdenes arroja lecciones sobre nuestro propio mundo. ¿Qué han aprendido Picard y su tripulación? Los ha llevado a reflexionar sobre la importancia de preservar las otras funciones del lenguaje, como las informativas y comunicativas, para combatir las tendencias a transformar la lengua en un mero vehículo para imponer el dominio de unas personas o clases sobre otras, a través de encontrar obediencia a los mandatos del poder constituido.

Una tarea de largo aliento consistiría en analizar qué autores, libros, fragmentos discursivos, de los filósofos de cualquier época, pero especialmente contemporáneos, escribieron ficciones filosóficas, que han sido interpretadas como filosofías en sentido estricto.

Un proyecto que debería completarse con una historia de la filosofía occidental que incluya, además de las ficciones filosóficas, los mitos, los elementos mágicos, el fundamentalismo de los orígenes absolutos, los síntomas del malestar de la cultura, las teodiceas y los giros teológicos. En otros términos, hace falta una crítica de la razón impura, que ha caracterizado al pensamiento occidental.

 

Bibliografía

Deleuze y Guattari. (2002). Mil mesetas. Valencia: Pre-Textos.

Eco, U. (1981). Lector in fabula. Barcelona: Lumen.

Spivak, G. (2009). Muerte de uan disciplina. Xalapa: Universidad Veracruzana.

 

 

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